—¡Me parece que voy a ponerte yo la vergüenza que no tienes!

El encuentro con la querida de Salabert en el momento en que se hallaba en lo más culminante de sus confidencias, le había turbado, y por eso no había despegado los labios. Apresuróse a anudar el hilo por donde aquélla lo había roto, preguntando a su amigo y maestro:

—Vamos a ver, Pepe: tú en mi caso ¿qué harías?

Castro caminó en silencio un rato mirando con fijeza a los balcones de las casas, sorprendido sin duda de que la gente no saliese a verle pasar. Luego, dando tres o cuatro largos chupetones al cigarro y revistiendo un aire reflexivo y grave, respondió:

—Hombre (pausa); yo, en tu caso, principiaría por no estar enamorado.
El amor es para los fanciullos, no para ti y para mí.

—¡Eso es inevitable, Pepe!—exclamó el concejal en un estado tan triste y miserable que daba pena verlo.

—Bien, pues si no puedes vencer esa chifladura, lo mejor es no darla a conocer. ¿Por qué tratas de persuadir a Esperancita de que te mueres por ella? ¿Crees que eso sirve para algo? Procura convencerla de lo contrario y verás cuánto mejor es el resultado.

—¿Qué quieres que haga?—preguntó con angustia.

—Que no te manifiestes tan rendido, hombre. Que no seas tan melón. No vayas tanto a su casa. No la mires con ojos de carnero a medio degollar. Llévale la contraria cuando diga alguna tontería: insinúala que hay mujeres que te gustan mucho más. Date un poco de tono, y ya veras cómo el asunto toma mejor aspecto….

—¡No puedo, no puedo, Pepe!—exclamó Ramoncito pasándose la mano por la frente en el colmo de la congoja—. Al principio todavía era dueño de mí; podía hablarle con desembarazo y coquetear con otras…. ¡Hoy me es imposible! Así que la tengo delante me aturdo, me atortolo, no digo más que necedades. Si la encuentro de mal humor sobre todo. Cada contestación suya me deja helado. No puedes figurarte qué tono tan displicente sabe sacar esa chiquilla cuando quiere. Si trato de hablar con otra, basta que Esperanza me ponga la cara risueña para que la deje inmediatamente. He llegado a pasar un mes sin dirigirle apenas la palabra; pero al fin no pude resistir más y volví a entregarme. Prefiero su conversación, aunque me maltrate, a la de todas las demás….