El P. Gil advirtió al cochero que pasase cerca de la capital sin entrar y se dirigiese a la primera estación del ferrocarril, distante una legua de ella. Había resuelto tomar el tren allí para mayor recato. La estación, se llamaba la Reguera. Cuando llegaron eran las once. Debían esperar dos horas y media, porque el tren no pasaba por allí hasta la una y cuarenta.
La Reguera estaba situada al extremo de un pintoresco y risueño valle. Desde la estación, asentada en un alto terraplén, se divisaba todo perfectamente. Circundábalo un cinturón de colinas suaves vestidas de árboles y praderas y después de éste otro de altas y escuetas montañas, cuyos tonos rojizos formaban hermoso contraste con el verde del primero. En el llano había un mosaico caprichoso de prados con lindes de avellanos, tierras de maíz y arboledas. Por el medio atravesaba majestuoso un río ancho, cristalino, que, herido por el sol, parecía una gran faja brillante de plata. Así que despidieron el coche, Obdulia propuso a su confesor el bajar a este llano y aguardar allí la llegada del tren. Aceptó gustoso, por librarse de las miradas de la gente de la estación. Bajaron por un sendero estrecho y empinado y entraron en un bosque de castaños que se prolongaba hasta la orilla del río. El sacerdote advirtió que estaba muy húmedo, pero la joven marchaba delante dando gritos de alegría, metiéndose hasta la rodilla en la yerba, batiendo las palmas como una niña a quien perdonasen la escuela. Las grandes copas de los castaños aún no estaban vestidas del follaje que ostentan en el verano. Los rayos del sol, pasando al través de sus ramas descarnadas, bebían el agua fresca que formaba charcos entre el césped.
Obdulia no paró hasta llegar al talud guijarroso que servía de margen al río. Allí se detuvo y volvió la vista atrás y contempló con semblante risueño a su confesor, que venía tomando precauciones, apoyando con cuidado el pie en los sitios más secos. Tenía el rostro encendido por la carrera, los cabellos revueltos y sus grandes ojos negros brillaban con expresión de vivo placer.
—¡Ande usted, cobarde! ¿Tiene miedo a morirse por los pies?
—Y si pilla usted un catarro, ¿cómo podrá resistir la vida dura del año de noviciado?—repuso el clérigo aproximándose.
Por los ojos de la joven pasó una nube sombría y quedó repentinamente seria. Luego, haciendo un esfuerzo para animarse, dijo:
—¿A que no se atreve usted a desenganchar esa lancha para que demos un paseito por el río?
—¡Ya lo creo que no!
—Pues yo sí... Ahora va usted a ver.
Una gran barca vieja y deteriorada, que servía para trasportar a los paisanos de una orilla a otra en los días de mercado, yacía amarrada por una cadena a la orilla, debajo de unos juncales que la sombreaban.