—¿Es humildad, o es que le sabe mejor así?—preguntó sonriendo el P. Gil.

Obdulia soltó la carcajada.

—Es usted mi confesor y no puedo decirle mentira. Me gusta así mucho más... Es de las pocas cosas sucias que me gustan.

—Eso último tampoco es humildad—dijo el confesor sin dejar de sonreír.

—Vaya, vaya, no se me ponga regañón y coma con garbo... si es que sabe... que estoy viendo que no... Pero ¡criatura! ¿Qué hace usted ahí echando bocados a ese trozo de mero sin quitarle las espinas?... ¿No ve usted que se le puede clavar una en la garganta?... Deme usted acá—y se la arrebató al mismo tiempo de las manos.—Verá usted cómo yo se las quito sin dejar una... Digo... si es que usted no tiene asco a mis dedos...

El P. Gil se apresuró a hacer signos negativos.

—Salen ahora mismo de los guantes... Además—exclamó riendo,—usted me tiene mucho cariño y lo come más a gusto pasando por mis manos... ¡Qué tonta soy! ¿Verdad, padre?—añadió bajando la voz.

—Tonta, no. Un tanto ligera, sí—repuso el sacerdote, acompañando estas palabras con una sonrisa para desvirtuar su aspereza.

La joven se puso encarnada. La conversación se hizo más seria.

Cerca de las nueve divisaron las torres de Lancia y la gran cortina negra de montañas que cierra su horizonte. El cielo estaba despejado. El viento soplaba tibio del Sur. La mañana ofrecía esa dulzura exquisita que se observa en algunos días de primavera.