—Padre, está usted muy pensativo. Usted tiene hambre.

El sacerdote hizo un esfuerzo para sonreír.

—No tal.

—Sí, la tiene; no me lo niegue usted. ¡Y el hambre nos hace pensar unas cosas tan tristes!... Verá usted cómo yo le quito en un momentito esa cara de vinagre y se la pongo de jerez amontillado... Aquí lo traigo en este frasco...

Al mismo tiempo abrió un saquito de piel que traía en la mano y comenzó a sacar vitualla y dos o tres frascos con vino y leche.

—Yo necesito verle a usted con cara de pascua, padre—prosiguió mientras desenvolvía los papeles blancos en que traía envueltas las rajas de carne, de pescado, los pastelitos, etc.—En cuanto le veo a usted esa arruguita ahí... ahí—y le tocó con su dedo en la frente: el sacerdote la retiró con viveza,—ya me tiene usted más triste que la noche... ¿Por qué será?... ¿Por qué no será?... Usted, que sabe tanto, me lo dirá.

Las últimas palabras las dijo canturreando y afectando distracción.

—¡Ea! Voy a poner la mesa... Tenga usted quietecitas las piernas, que necesito de ellas en este momento.

Juntó las suyas con las del clérigo, extendió una servilleta por encima y fue colocando los víveres. Los frascos con el vino los puso en el suelo.

—Me parece que no habrá necesidad de que saque los tenedores, ¿verdad?... Seamos humildes. Comamos con los dedos.