El P. Gil levantó la cabeza, y avergonzado y confuso como si tuviera que arrepentirse de algo, respondió a la huéspeda:
—¿La señorita?... ¡Ah! Bien... Allá voy en seguida.
Pero no se movió del sitio. Aquella llamada aumentó aún más su irritación. Estaba resuelto a no volver a verla mientras el prelado no interviniese en un asunto que tan gravemente podía comprometerle. Trascurrió cerca de una hora. Al cabo de ese tiempo se presentó de nuevo la patrona, toda azorada.
—La señorita tiene un ataque y está en la cama sin conocimiento. ¡Venga, venga, señor cura!
—¡Voy, voy!—exclamó asustado, corriendo en pos de ella.
En efecto, Obdulia yacía en la cama, privada de sentido y extrañamente pálida. Parecía muerta. El P. Gil sintió al verla en tal estado una punzada de remordimiento en el corazón. Se apresuró a prodigarle todos los cuidados que en el momento se le ocurrieron. Entre la patrona y él le bañaron las sienes con agua fría, le hicieron oler algunos pomos de los que ella traía en su saquito de mano. No tardó mucho en abrir los ojos. Estuvo algunos momentos con la mirada seria y fija en el sacerdote. Luego sonrió dulcemente. La huéspeda se apresuró a ofrecerse.
—¿Quiere usted que llamemos al médico, señorita?
—No, no... Esto no es nada... Hágame una tacita de tila.
—Ahora mismo.
Cuando se quedaron solos, la beata volvió a mirarle larga y fijamente. Al cabo dijo con voz débil: