—Escuche usted, padre.

—¿Qué desea usted, hija mía?—respondió inclinando la cabeza hacia ella.

—Acérquese usted más... No puedo esforzar la voz.

El P. Gil se inclinó todavía más. Súbito, con movimiento imprevisto, la joven devota sacó los brazos desnudos de la cama y se los echó al cuello, atrajo su rostro hacia el de ella con inusitada fuerza y le dio un beso prolongado, frenético, en los labios, y después otro y otro. El sacerdote forcejeó en vano por desasirse. Aquellos brazos le apretaban como si fuesen de hierro, y una nube de besos ardorosos corría por todo su rostro, sin tregua. No se oía en la estancia más que el suave rumor que producían y el resuello de dos pechos anhelantes.

Al fin, el sacerdote, con un supremo esfuerzo, se desligó. La joven cayó pesadamente en la cama. Aquél se sintió acometido de tal susto, repugnancia y horror que, después de vacilar unos momentos, perdió el sentido y se desplomó sobre el pavimento.

Viéndole caer, la joven se levantó con presteza del lecho y acudió solícita a socorrerle. Pero al poner los pies en el suelo, su flaca naturaleza, hondamente perturbada por lo que acababa de suceder y por la vista de su confesor tendido en el suelo, le faltó también y cayó presa de un síncope.

El del P. Gil era un desmayo pasajero. Tardó pocos segundos en volver en sí. Incorporose en el suelo, y viendo a Obdulia tendida a su lado en camisa y con una parte del cuerpo descubierta, sintió un fuerte estremecimiento de vergüenza y se alzó como movido por un resorte. Y pensando con horror que podía llegar el ama en aquel momento, se apresuró a tomar a la joven entre sus brazos para trasportarla a la cama. Cuando la tenía suspendida a media vara del suelo, sintió ruido en la puerta. Volvió la cabeza aterrado, y un grito ahogado de vergüenza se escapó de su garganta. A la puerta estaban Osuna, D. Martín de las Casas y D. Peregrín Casanova.

—¡Ya cayeron los tórtolos!—gritó D. Martín con voz estentórea.

El P. Gil dejó caer de nuevo a la joven y retrocedió, mirándoles con ojos de espanto.

—¿Qué es esto?... ¿Qué es lo que pasa? ¡Mi hija!... ¡Dios mío!—clamó Osuna, apresurándose a reconocerla.