—¡Déjenos usted de Tarragona, D. Peregrín!—interrumpió el señor de las Casas.—Aquí lo que procede es atender a esa niña... Usted, señora, haga lo que sepa para hacerle volver en sí. Usted, D. Peregrín, que conoce bien la población, vaya a buscar un médico... Y tú, don Gil el enamorado... al infierno si te parece.

—¡Decir que yo maltrato a mi hija, porque quiere hacerse monja!—seguía exclamando por lo bajo Osuna, mientras ayudaba a la huéspeda.—¡Canalla, más que canalla!

—Señor Osuna, dispénseme usted... Yo lo creía así—dijo el sacerdote.

—Bueno, bueno. Ya se arreglará esa cuestión en Peñascosa—profirió D. Martín con su energía característica.—Ahora, ¡largo de aquí!... ¡largo!

El P. Gil se dirigió a la puerta, pero cuando ya iba a trasponerla, D. Martín le gritó como si estuviese al frente de un batallón: ¡Alto!

—Amigo Osuna—dijo dirigiéndose al jorobado,—a usted le han inferido una ofensa grave y usted no queda decentemente si no da ahora mismo una bofetada al individuo que le ha ofendido (apuntando para el P. Gil).

Hubo silencio embarazoso. El semblante de Osuna expresó malestar y vacilación.

—Nada, nada—siguió el feroz inválido con su voz resonante de barba de teatro,—no es usted hombre de honor, no tiene usted pizca de vergüenza si deja sin correctivo la ofensa.

Osuna vaciló todavía un instante, echó una mirada de misericordia al inválido; pero viendo su rostro espantable, se resolvió al fin. Alzose sobre la punta de los pies y descargó una sonora bofetada en la mejilla del sacerdote.

—¡Jesús!—exclamó la huéspeda.—¡Eso es una iniquidad!