Saliendo un día juntos de la iglesia, el P. Gil, que acababa de recibir un fuerte desaire de sus compañeros, se lo dijo, sin lamentarse, como si le diera cualquiera noticia.

—No hagas caso de ellos—le replicó el viejo caudillo, poniéndole la mano rugosa y seca como un haz de sarmientos sobre el hombro.—Son todos unos maricas. Viven pegados a las enaguas de las beatas, como los gatos... Mira: yo, cuando salgo de decir misa, como ahora, y llego a casa, nunca dejo de soltarles media docena de... Pero tú, si estás agraviado, puedes llegar sin inconveniente a la docena.

Una carcajada brutal, semejante a un rugido, sacudió su pecho vigoroso al pronunciar estas palabras. Sus ojos brillaron con franca, cordial alegría. El excusador se puso rojo como una cereza y guardó silencio. No volvió a tener más confidencias con él sobre este punto.

Su vida interior le causaba demasiados tormentos para pensar mucho tiempo en estas futilidades. El escepticismo le minaba sordamente. El mundo le parecía cada vez más incomprensible. La idea constante de que todo lo que le rodeaba era una pura apariencia, cuyo verdadero sentido permanecería eternamente ignorado para el hombre, engendraba en su alma una melancolía profunda, que se reflejaba bien en su frente pálida y en la sonrisa triste e indiferente que plegaba sus labios. La experiencia toda entera—decía Kant—no es más que el conocimiento del fenómeno, no de la cosa en sí. Ésta se oculta y se ocultará eternamente a la razón humana. Platón también lo había dicho antes. Las cosas de este mundo, tales como nuestros sentidos las perciben, no tienen realidad alguna. Mientras nos encerramos exclusivamente en la percepción sensible somos como prisioneros sentados en una caverna oscura, encadenados tan fuertemente que no pueden volver la cabeza. No ven nada. Sólo perciben en la pared que tienen enfrente, a la luz del fuego que arde detrás, las sombras de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. Tampoco ellos mismos se ven sino como sombras proyectadas en la pared. Nuestra ciencia, pues, se reduce y se reducirá siempre a predecir, según la experiencia, el orden en que se suceden las sombras.

¡Triste resultado después de tantos esfuerzos! El Universo entero se le aparecía como una sombra fugitiva que se desvanece con el sujeto que lo contempla. Es la Maya—como dicen los Vedas,—es el velo de la ilusión el que, cubriendo los ojos de los mortales, les hace ver un mundo del cual no puede decirse si existe o no existe, un mundo que semeja a un sueño, a la radiación del sol sobre la arena, donde el viajero de lejos cree percibir un lago. Habiendo perdido la fe, no sólo en su razón, sino también en sus sentidos, la vida de nuestro clérigo se arrastraba silenciosa, indiferente, en medio de un hastío infinito.

Obdulia no le había visto en los quince días siguientes a su regreso. La beata salía muy poco de casa por razones fáciles de comprender, y a la iglesia procuraba ir a las horas en que no estuviese el excusador. Esto último no precisamente por vergüenza, sino por el mismo sentimiento amoroso que seguía agitando su corazón. Creía, y no le faltaba motivo, que, supuestas las habladurías que corrían por el pueblo y la guerra de todos los capellanes, principalmente de D. Narciso, cualquiera aproximación a su confesor podía comprometerle. Así que se imponía este sacrificio con la satisfacción del que padece por el ser adorado. Pero llegó a ser un tormento superior a sus fuerzas. Su loca pasión, en vez de calmarse, cada día se exaltaba más. No vivía más que con la imagen del joven excusador. Hasta en sueños le veía. Y su fantasía desarreglada le forjaba un sin fin de ilusiones. Dábase a pensar que el P. Gil correspondía a su amor, y para creerlo sacaba de quicio todas sus palabras y acciones. Una vez que le había apretado la mano con más fuerza, otra que le había sonreído desde lejos, otra que se había ruborizado al encontrarla, etc., etc. Todo lo convertía en sustancia. Luego el viaje a Palencia era objeto para ella de un minucioso y febril examen. Su alegría en el coche cuando almorzaban, y ella le limpiaba el pescado de espinas; la escena de la barca, en que le vio melancólico, a punto de llorar al escucharla; la turbación que se apoderó de él en el tren cuando le invitó a descalzarla; finalmente, aquel beso de amor en los labios que le impresionó hasta hacerle perder el sentido, le parecían a la luz de los recuerdos otros tantos signos indudables del sentimiento que embargaba el pecho de su confesor. El pobrecillo era un santo, y su amor luchaba con el deber. Esta lucha que creía adivinar le hacía doblemente interesante a sus ojos, y exaltaba aún más, si posible era, su desapoderada pasión.

Al cabo nació en su mente la idea de verle otra vez. La idea se convirtió al momento en propósito, y la inundó de alegría. La entrevista debía ser secreta, que nadie en Peñascosa tuviese noticia de ella. Esto satisfacía su deseo de no comprometerle, y al mismo tiempo la condición de su temperamento, inclinado siempre al misterio. Determinó que fuese de noche: sorprender al excusador en su cuarto, gozar unos momentos de afectuosa expansión y marcharse al instante. Señaló, por fin, el día. Durante todo él estuvo nerviosa, agitada dulcemente, como la colegiala que espera ver a su amante escalar de noche las rejas del balcón. Cuando llegó la hora, dijo a su padre que le dolía la cabeza, para retirarse temprano. Así que le oyó salir de casa, se echó con mano trémula un mantón sobre los hombros, y acompañada de su doncella, que era su encubridora perpetua, encaminose a casa del excusador. Las piernas le flaqueaban de placer, el corazón le latía fuertemente.

Lo raro del caso es que no se le pasaba por la imaginación que aquel amor era sacrílego. No sentía remordimientos. Su cerebro desequilibrado trastornaba todas las leyes divinas y sociales, las fundía de nuevo a su capricho. Para ella, el amor del joven presbítero era un puro idealismo conforme con el espíritu cristiano: hallaba en las historias de los santos varios casos semejantes. Cuando soñaba con huir en su compañía al fondo de un retiro dulce y ameno, siempre era bajo el supuesto de seguir confesándose con él y subir al cielo juntos. Si la carne hablaba dentro de su ser, o no la escuchaba, o fingía no escucharla, engañándose a sí propia.

Al llegar a la mansión del sacerdote, ordenó a su doncella que la aguardase en el portal: no tardaría en bajar. Llamó toda temblorosa. Salió Dª Josefa a abrir. Como desde su famoso viaje no la había visto, se arrojó en sus brazos, la abrazó y la besó con afectada efusión. El ama se mostró muy poco contenta: la recibió con frialdad glacial; hasta se le conocía que luchaba consigo misma para no soltarle una rociada de desvergüenzas y darle con la puerta en las narices. Sólo le contuvo la idea de que su amo se había reconciliado con la beata, lo cual deploraba en el fondo del alma, juzgándolo feo y peligroso.

Obdulia fingió no advertir la frialdad de la buena señora.