—¿Está en casa?—preguntó con el mismo semblante risueño.
—Está... Voy a avisarle.
—No hay necesidad. Me ha mandado venir a estas horas y me estará aguardando.
Seguidamente tomó la escalera y se dirigió al cuarto del P. Gil. Dª Josefa la miró subir con aversión y desconfianza. Preguntar si estaba en casa y luego decir que la aguardaba era una contradicción manifiesta. Por esto y por la curiosidad natural la siguió a los pocos momentos.
Bailándole de gozo el corazón, Obdulia se acercó a la puerta del gabinete y miró por el agujero de la cerradura. El P. Gil estaba sentado a su mesa de escribir, leyendo a la luz de un quinqué. Una sonrisa de afecto y entusiasmo contrajo los labios de la joven devota. Abrió de golpe la puerta para darle una grata sorpresa y exclamó con alegría:
—¡Padre, aquí me tiene usted!
El sacerdote levantó los ojos sorprendido. La sonrisa de la beata se heló repentinamente en su rostro. En vez del gozo que esperaba, vio cruzar por ellos un relámpago de ira al cual sucedió instantáneamente una expresión de absoluta indiferencia, la misma expresión de cansancio y hastío que hacía tiempo reflejaba su semblante. Alzose con lentitud de la silla, sin contestar a la exclamación de su penitenta, y avanzó hasta ella en silencio. La beata, clavándole una angustiosa mirada de terror, retrocedió un paso. El sacerdote llegó a cogerla por un brazo, y suave, pero firmemente, la llevó en silencio hasta la puerta, la puso fuera del gabinete y cerró de nuevo.
Obdulia tropezó con un bulto. Era Dª Josefa, que le soltó una carcajada en la cara.
—¡Parece que no la reciben a usted bajo palio, señorita!
No contestó. Pálida, con el corazón fuertemente contraído y en un estado de desfallecimiento que le hacía tambalearse, bajó la escalera sin darse cuenta. Dª Josefa, cortando el flujo de la risa, la persiguió hasta la puerta de la calle gritándole con acento iracundo, esforzándose en bajar la voz para que no le oyera su amo: