—Bien empleado le está, holgazana, gallarina... ¡Vergüenza había de darle!... ¡Engañar a mi pobre señor y llevarle como un dominguillo de la ceca a la meca!... ¡Mire usted la monjita!... ¿Es ésa su religión? ¿Es ésa su delicadeza?... Si quiere hombres, vaya a casa de María Ramona con mil pares de demonios y no pretenda a los sacerdotes... ¡Fuera de aquí!... Métase en su casa y tenga honradez y tenga vergüenza, y no ande como una perra salida a todas horas por esas calles... Si fuera a llevarme del genio, le levantaba las sayas ahora mismo y le daba en el tras con la zapatilla hasta que me cansara... ¡Pícara! ¡Mala cabra!

Salió a la calle aturdida, quebrantada. Tuvo que arrimarse a la pared de la casa para no caer. Los horrores y monstruosidades que le había vomitado el ama del excusador seguían sonándole como martillazos en los oídos. Hubo un instante en que creyó perder el sentido; pero del fondo de su ser salió un grito rabioso, un grito de venganza que le mandó tenerse firme. Y cumplió la orden, haciendo un gran esfuerzo sobre sí misma. Descansó unos momentos contra la pared, pasose la mano por la frente y se encaminó con paso rápido hacia su casa, seguida de la doncella, que no había podido obtener respuesta a ninguna de sus preguntas.

Aunque se sentía muy mal, se empeñó en esperar a su padre. Cuando llegó éste a las once, le siguió hasta su cuarto y, después de cerrar la puerta, le dijo de repente:

—Papá, no te he dicho la verdad... Cuando me hallasteis con el excusador acababa de arrojarse sobre mí, estando en la cama. Me resistí, luchamos, y al fin quedé desmayada en sus brazos.

El jorobado dio un grito de rabia.

—¡Ah puerco! ¡Bien lo presumía yo!

Y se puso a dar vueltas como un tigre por la estancia, vomitando injurias y blasfemias. Al cabo de un rato se detuvo delante de su hija, y le preguntó, más con la vista que con las palabras, algo.

La joven bajó la cabeza ruborizada e hizo un signo negativo.

—Bien... De todos modos, has perdido la honra en la población. Es menester que ese infame no se ría de ti... ¿Estamos?

—En eso estoy—repuso ella con firmeza,—y para eso te lo he confesado.