Osuna le clavó una mirada de sorpresa y curiosidad.
—Vamos—dijo al cabo con sonrisa sarcástica,—ha habido rompimiento.
—Poco importa que haya uno u otro—respondió con acento desabrido.—Lo que me interesa en este momento es que no pague yo sola la culpa que es de los dos... de él principalmente.
Asintió el jorobado con toda su alma, porque aún más que la desgracia de su hija, le preocupaba el vengarse del excusador. Y comenzaron a cuchichear largamente sobre los medios de llevarlo a cabo. Habían dado ya las cuatro de la madrugada cuando Obdulia salió del cuarto de su padre.
Se metió en la cama con fiebre. No pudo conciliar el sueño. La escena en que acababa de hacer un papel tan triste se le presentaba a la imaginación cada vez con más relieve. Por más esfuerzos que hacía, no le era posible borrarla ni por un momento siquiera. Su amor propio gemía como si le estuvieran atenaceando.
En cuanto se levantó llamó a su padre, y se fueron ambos, como habían convenido, a ver al P. Narciso. Fue idea de ella. Comprendió que la persona que en Peñascosa podía ayudarles más en la empresa era el coadjutor, y a él se dirigió. Éste se mostró sorprendido de su resolución, y aun quiso, hipócritamente, disuadirles; pero el gozo le rebosaba de tal modo por los poros, que una palabra un poco agria de Obdulia bastó para ponerle suave como un guante.
Osuna apuntó la idea de acudir al obispo. Don Narciso se opuso terminantemente a ello. El delito era común, y a los tribunales ordinarios debía acudir. Cuando éstos hubieran cumplido con su ministerio, entonces era el caso de pedir a la Iglesia el castigo del culpable. El taimado clérigo sabía muy bien que los tribunales eclesiásticos procuran encubrir los delitos de los sacerdotes para evitar el escándalo, cuyas consecuencias son peores. Se hace como que no se cree en ellos, para no verse en la precisión de imponer una pena que excite la atención demasiado. Determinaron, pues, acudir en queja al juez de primera instancia. Al día siguiente fue Obdulia a Lancia a consultar el caso con uno de los abogados más notables. Le encargó la dirección del negocio, dejó nombrado procurador e hizo con el mayor sigilo todas las gestiones conducentes a su propósito, sin olvidar el procurarse algunas cartas de los personajes más influyentes de la provincia para el juez de Peñascosa.
Mientras estas nubes temerosas se amontonaban sobre su cabeza, el inocente excusador paseaba desde casa a la iglesia y desde la iglesia a casa, su frente pálida, su figura melancólica y resignada. Los ojos, ordinariamente fijos en el suelo, sólo dirigían de vez en cuando miradas tímidas a la gente, como si temiera que por ellos descubrieran el cáncer que roía su corazón. No leía más que libros de entretenimiento; no meditaba. Fatigado de tropezar con el mismo muro infranqueable, huía con terror de lanzar su pensamiento por las esferas de la metafísica.
Llegó un momento, sin embargo, en que lo hizo sin darse cuenta de ello. Era una noche plácida de Mayo. Hacía poco más de un mes del famoso viaje a Palencia. Había leído un rato cierta historia de Grecia de la biblioteca de Montesinos, que a su muerte se había deshecho. Sentía calor y cansancio. Apagó el quinqué, abrió las puertas del corredor y trasladó a él la butaca, sentándose a respirar el aire del mar. Por algunos minutos fijó la vista con atención en la bóveda celeste cuajada de estrellas, y se esforzó en reconocer algunas constelaciones. Después contempló, con el asombro que siempre produce, la vía láctea, que aquella noche se señalaba admirablemente. Aquella faja blanca donde se veían los astros como polvo finísimo le causaba siempre un estupor profundo. Cada grano de ese polvo es un cuerpo millares de veces mayor que la Tierra, el cual hace girar a su alrededor otros planetas que nosotros no podemos percibir.
—Y sin embargo—se dijo al cabo de un momento, saliendo de su estupor con un suspiro,—todas esas grandezas ya no me espantan, porque no tienen realidad. La existencia de esos astros está pendiente del hilo de mi razón. Yo llevo en mí la forma eterna de esos objetos, como de todos los demás. No son otra cosa a mis ojos que un espejo donde se refleja mi ser interior. Por medio del mecanismo de mi cerebro, de mi facultad de conocer, se representa la comedia fantástica que se llama mundo externo. Ese tiempo infinito al través del cual existe la materia revistiendo formas infinitas; ese espacio infinito también que llenáis, esferas luminosas, no existen más que en mi representación; son las formas que yo llevo aparejadas en mi cerebro para que seáis, o lo que es igual, para que estéis representadas en mí...