Pero ¿qué es lo que hay detrás de ese fenómeno, única cosa que puedo percibir? ¿Cuál es el ser íntimo y verdadero del Universo? Esos mundos infinitos, ¿son por ventura algo fuera de mi representación? Sí. El idealismo absoluto es un absurdo, porque yo soy objeto de representación para los demás, y sin embargo, tengo la absoluta certeza de que existo fuera de esa representación. Eso mismo pasará a los otros hombres. ¿Qué soy yo mismo separado de esta forma corporal en que me veo, fuera del tiempo y el espacio que llevo en el cerebro? ¿Cuál es mi propia esencia y la esencia del Universo?...

No lo sé. No lo sabré jamás. Los esfuerzos de la filosofía se han estrellado contra este misterio impenetrable. Nadie ha descifrado hasta ahora el gran enigma de la existencia. Algunos seres privilegiados han intentado descorrer el velo y nos han ofrecido, cada cual según su fantasía, sistemas risueños o lúgubres, austeros o frívolos, de lo que constituye el fondo de la vida. Pero estos sistemas no tienen ningún valor científico; no son más que hipótesis. El paso de la representación al ser es un salto mortal en que han perecido los filósofos más sagaces y los genios más sublimes de la humanidad. Kant, el coloso, que ha batido las cataratas de mi inteligencia, atribuye al imperativo de la conciencia moral un valor absoluto fuera del tiempo y el espacio. Partiendo de él, cree penetrar con planta segura en los misterios de la esencia infinita. ¡Ilusión! Este imperativo es un fantasma. Los filósofos materialistas han metido en él el escalpelo de su crítica y se ha visto que está hueco. Schopenhauer, el sutil pensador que hoy arrastra a la juventud, fuera del mundo fenomenal coloca la Voluntad, que es en su opinión la cosa en sí. ¿Por qué? Con la misma razón que él la llama voluntad, la han llamado los escolásticos ens realissimum, y sus predecesores en Alemania absoluto. Por mucho que se esfuerce en ocultarla, su teoría está fundada como las demás en una pura hipótesis, y las hipótesis no tienen valor en la ciencia; sólo se sostienen en la fe...

Al formularse esta palabra en su cerebro, el corazón le dio un vuelco sin saber por qué. Sintió vagamente que había chocado con algo donde asirse y quedó sumido nuevamente en profunda meditación.

—No hay que dudarlo. Lo que la ciencia puede darme son las relaciones de las cosas bajo el imperio del tiempo y el espacio. Jamás me dirá su esencia. Para que sepa algo de ella, menester es que se trasforme mi facultad de conocer... ¿Y por qué no he de dejar que se trasforme? ¿Por qué no he de prescindir por un momento de mi razón y no he de prestar asenso a los presentimientos de mi alma, a la voz interior que me explica de un modo claro la esencia divina del Universo? La razón no me dice por qué es hermosa la puesta del sol en el mar. ¡Y sin embargo es hermosa! La razón no me dice por qué San Juan de Dios es sublime abrazándose a los leprosos. ¡Y sin embargo es sublime!...

¡Ah, sí! Por encima de este vulgar conocimiento que me esclaviza a la materia hay otro que me emancipa. Los ojos del cuerpo no penetran en la intimidad profunda de los seres; pero la fe no necesita de ojos: la pintan vendada. No sólo poseo una razón que me explica la apariencia de las cosas: existe también en mi espíritu una revelación constante que las ilumina por dentro... ¿Por qué he de prescindir de esta revelación? ¿Por qué he de cerrar los oídos a los suspiros de mi alma? Esta revelación es el tesoro más precioso con que he sido dotado. Quiero gozar de él; quiero recobrar la libertad y responder al llamamiento de lo que hay en mí de divino. Esta revelación me dice que soy un extranjero en este mundo, sometido a la necesidad, y que puedo romper los lazos que me unen a él. Me manda sacudir el yugo del tiempo y distinguir lo que hay en mi ser de temporal y lo que hay de eterno... Si llevo en mi cerebro las formas eternas de los objetos, es que soy superior y tengo una existencia independiente de ellas. Esta existencia es lo único que hay en mí de real; lo demás es pura apariencia, y como ha nacido debe morir... Quiero vivir esta vida inmortal y libre; quiero conocer directamente la verdad eterna que se oculta detrás de este Universo. «La hora vendrá—dice Jesús—en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y aquellos que la oirán vivirán.» La hora ha llegado para mí... ¡Oh sí, Dios eterno, al través del tiempo y el espacio y de todas las formas efímeras de la existencia te veo inmutable, infinito, única fuente de verdad y de vida, única luz en las tinieblas que envuelven nuestra vida temporal; te veo, te reconozco y te adoro!...

Un sacudimiento semejante al que produce una corriente eléctrica le hizo ponerse en pie vivamente. El corazón le latía con tal fuerza que se llevó las manos al pecho. Una emoción grande, intensa subía de él hasta la garganta y se la apretaba. Sentíase inundado de una extraña alegría. Comenzó a pasear por el corredor, presa de un desasosiego tan dulce que le hacía daño. Le parecía que su ser trasmigraba súbito al de un ángel, que en su espíritu se cumplía un misterio inefable y augusto. Le acometían impulsos de reír y llorar al mismo tiempo. Se hallaba en la situación de un desterrado a quien restituyen de repente al seno de su patria y su familia. Necesitaba hacer esfuerzos sobre sí mismo para no brincar, para no gritar y reír como un oxigenado.

De tal modo estaba abstraído, que no oyó el ruido de la puerta de su gabinete al abrirse, ni tampoco los pasos de una persona que avanzaba por él hasta llegar al mismo corredor.

—Buenas noches, señor excusador—dijo una voz conocida.

—¿Quién va?... ¡Ah!... ¿Es usted, señor juez? ¿Cómo no han encendido una luz?

—No hace falta. La noche está hermosa. Indudablemente, este corredor es una gran cosa.