Se dieron la mano, y el juez de primera instancia, que era hombre de unos cuarenta años, de fisonomía abierta y simpática, se arrimó a la barandilla del corredor y puso las manos sobre ella.
—Se extrañará usted—dijo con afectada indiferencia—de verme por aquí a estas horas... ¡Phs!... Hay en el juzgado una denuncia... Nada... Supongo que será nada entre dos platos. Pero como ya sabe usted que todas estas cosas de justicia se llevan con tanta formalidad... Luego en la audiencia no dejan pasar una rata; todo ha de ser a punta de lanza... En fin, me veo en la necesidad de detener a usted... Supongo que será por muy poco tiempo... una pura formalidad; pero hay que cumplirla... No he querido mandar al alguacil ¿sabe usted? por no asustarle, porque la cosa no merece la pena. He venido yo en persona para tranquilizarle... No se apure usted, pues, que la detención no tiene importancia, y véngase conmigo. De este modo y a esta hora nadie se enterará.
—¿Una denuncia?... ¿De qué me acusan?
—Al parecer es el asunto de la escapatoria de la chica de Osuna... No se asuste usted.
—No me asusto, señor juez. Estoy dispuesto a seguirle al instante... Si usted me permite, encenderé el quinqué para quitarme las zapatillas y ponerme los zapatos...
—Todo lo que usted quiera, señor excusador—se apresuró a decir.—Puede usted tomarse el tiempo que guste y mandar a la cárcel cuantos efectos tenga por conveniente.
El sacerdote sacó un fósforo y se dispuso a encender el quinqué. El juez quedó estupefacto. En vez del rostro pálido y descompuesto que pensaba hallar, pudo observar la fisonomía más plácida y feliz que jamás había visto en su vida. En la mirada que el excusador le dirigió, después de encender, brillaba una alegría tan pura como si hubiese venido a noticiarle que le habían hecho obispo. El juez dio un paso atrás y le clavó los ojos con desconfianza. Pero se aseguró en seguida viendo el perfecto sosiego con que hacía todos los preparativos. Empaquetó alguna ropa en una maleta, se puso los zapatos, la sotana y el sombrero y dijo sonriendo:
—Ya estoy. Los curas no tardamos mucho en arreglarnos, ¿verdad?... A Dª Josefa no le diré nada para evitar una escena triste, ¿no le parece a usted? Le escribiré desde la cárcel, pidiéndole la ropa.
Aprobó el juez cuanto decía, y ambos tomaron la escalera y salieron a la calle como dos amigos. Durante el trayecto, el joven presbítero dio señales de una verbosidad y alegría que hacía tiempo no se observaban en él. Entraron en la cárcel, eligió el juez la habitación menos mala y, después de dejarle instalado, se despidió con creciente sorpresa al ver que se quedaba allí tan sereno y risueño como en su casa.
Salió vivamente impresionado de la cárcel. Mientras caminaba por la calle del Cuadrante arriba, su imaginación daba vueltas buscando una explicación a aquella conducta extraordinaria.