El señor juez de primera instancia estaba lejos de sospechar que, al ingresar en la cárcel, el excusador de Peñascosa acababa de salir de los calabozos del escepticismo.
XIV
¡Guarden ceremonia, señores!
La voz del hujier, imperativa, estridente, no lograba calmar la risa y los murmullos de los concurrentes. Porque aunque el presidente de la sala había resuelto que el juicio se celebrase a puertas cerradas, atento a la índole delicada del delito y a las personas que habían intervenido en él, fueron tantos los abogados que reclamaron su derecho a presenciarlo y tantos los permisos concedidos, que se formó pronto una asamblea numerosa y más inquieta de lo que debía esperarse.
La sala de lo criminal de la audiencia de Lancia era una pieza rectangular, grande, oscura, polvorienta. Allá en el fondo, debajo de un dosel de damasco marchito, estaban sentados en sendos sillones de terciopelo los tres magistrados que componían el tribunal. A un lado, el acusador privado, con una mesa delante. Enfrente el defensor. El relator en pie, frente al tribunal. Detrás el acusado en su banquillo.
El testigo que deponía en aquel instante era el cochero que había conducido al P. Gil y su penitenta desde Peñascosa a la estación de la Reguera. Lo presentaba la acusación. Era hombre viejo ya, con la faz extremadamente roja, iluminada por el alcohol tanto como por la intemperie. Vestía un chaquetón del grueso de una albarda, y hacía rodar su gorra de pana entre los dedos con manifiesto embarazo mientras declaraba. La voz era bronca, como conviene a todo mayoral que se estime en algo; el estilo pintoresco, abusando un poco de los tropos.
—Pus a mí me dijo el amo: Lico, hay que dir a Peñascosa a por unos señores. No pases de la venta de Marica, y duérmete allí. Llévate paja pa el ganao, porque allí no la hay. (En esto el amo no habló bien, porque en casa Marica hay paja... sólo que no se la da a los cualisquiera, entendámonos.) Llévate al Tizón y al Sencillo: son quién pa traerlos con la carretela.—Sigún y conforme, dije yo. El Tizón es un perro. Como le dé la serenita por no andar, ya le puede usted alumbrar candela, que ¡ni pa Dios!
—Déjese usted de tizones y candelas, y diga lo que sepa del asunto—interrumpió el presidente con voz irritada.
Este presidente era un viejo terco, colérico, impertinente, que dirigía las sesiones del juicio oral como una escuela de párvulos. Ofendía a reos y a testigos, sin respetar mucho más a los abogados. Mostraba sus simpatías o antipatías con una franqueza que aterraba. Sin embargo, no era un perverso ni procedía de mala fe. Todo dependía de su temperamento excesivamente nervioso y de la edad, que le obligaba a chochear.
—Bien tá eso, señor, y voy al caso. A la una, menuto más o menos, llegó este señor cura (apuntando para el acusado) a montar en la mesma cochera. Llegaríamos a casa de Marica a eso de las seis. Allí nos dejó el señor y nos dijo que volvería al día siguiente con otra presona pa volvernos a Lancia. Por la noche vino un chico a traerme dos maletas, y al otro día bien temprano dio allí el señor cura con una chavalita que venía toa tapá. Nos mandó enganchar y, mientras, la chavalita se subió a la casa.