—¿Y no observó usted—preguntó el presidente—si el sacerdote la acompañó arriba?

—Yo no le vi subir. Si estuvo arriba, fue poco tiempo.

—¿No notaron usted y el zagal nada de particular en la manera de portarse y hablar entre sí el sacerdote y la joven?

—Yo no estaba en el toque de los particulares, señor, porque andaba de aquí para allá detrás del ganao, ni el zagal tampoco... Pero un pensar naide se lo quita a uno. Cuando vi llegar por la carretera al señor cura, que es bien parecido de suyo, con la chavala, dije: Éstos lo mesmo pueen venir de rezar vísperas que de tocar a maitines... Dempués enganché, y dempués me entré en la taberna a limpiar el pasapán. No estaba allí más que Marica.—¿Sabes, Marica, le dije, que me pesa llevar al curita y a la chavala en la carretela?—¿Por qué te pesa?—Porque sí... porque el hombre no está hecho tovía a estos oficios, ¿entiendes tú?—¡Ave María, qué burro eres, Lico! ¡Quita allá! ¿No te da vergüenza?—Mia, Marica, tú no has corrío el mundo como yo. Yo he dido por León, por Palencia, por Salamanca y hasta por tierra de Extremadura... Los curas son, hablando con perdón, hombres como todos los demás, y hay casos en que la mujer no arrepara ni en curas ni en frailes, ni en el verbo devino...

Estas palabras fueron las que promovieron la algazara dicha. Ni los hujieres con sus voces, ni el presidente con la campanilla pudieron apaciguarla en algún tiempo. Por último, aquél logró hacerse oír. Amenazó con hacer desalojar el local inmediatamente, y esto bastó para restablecer el silencio. Después se revolvió contra el testigo.

—Advierto al testigo que si ha dido por todos esos sitios que dice, ahora no va por buen camino. Absténgase de frases groseras y declare sencillamente la verdad.

Después del cochero declaró el zagal. No tuvo importancia su declaración. Salieron luego sucesivamente algunas beatas de Peñascosa que declararon en términos vagos que habían observado cierta intimidad desusada entre Obdulia y su confesor, aunque nunca habían pensado mal de ella. También depuso el P. Narciso. Fue una declaración modelo de hipocresía y maldad. Haciendo elogios hiperbólicos de la virtud y el talento de su compañero, supo, no obstante, clavarle el estilete hasta la empuñadura. Sus reticencias insidiosas, el acento protector y triste con que disculpó las faltas de los sacerdotes, y las últimas palabras dirigidas a excitar la benevolencia del tribunal, causaron profunda impresión en el auditorio. Parecía justificar a su compañero; pero al través de su acento y de su mímica se leía bien claro que le condenaba.

Todas las miradas se volvieron hacia el acusado. El P. Gil estaba como hacía tres meses, cuando ingresó en la cárcel de Peñascosa. Con el encierro su rostro había ganado aún en blancura. En vez del cansancio y melancolía que en los últimos tiempos reflejaba, observábase ahora un alegre sosiego, una firmeza que tenía desconcertados a todos los asistentes al juicio oral. Parecía que aquellos debates no iban con él, que no estaban su honra y su libertad sobre el tapete. La opinión que prevalecía en el concurso, y de la cual se había hecho eco ya la prensa liberal de Lancia, era que aquel clérigo era un cínico, con poca o ninguna vergüenza. No se necesitaba ser muy lince para ver que se había captado la antipatía del tribunal, sobre todo del presidente, que la había puesto ya de manifiesto en varias ocasiones. Como hacía siempre que declaraba algún testigo, el acusado contemplaba ahora al P. Narciso de hito en hito, con mirada firme y tranquila. El coadjutor habló con los ojos puestos en el suelo, y todo el mundo aplaudió su modestia y la moderación de sus palabras.

Salió luego por la puerta de los testigos don Martín de las Casas. Después de su nombre, edad, estado, profesión, etc., el presidente le preguntó:

—¿Ha estado usted procesado alguna vez?