D. Martín, que se hallaba bastante turbado, porque era principalmente hombre de acción, como ya sabemos, y no de derecho, respondió vacilando:
—No recuerdo.
—¡Hombre, no recuerda usted! Pues eso no suele olvidarse.
La frase presidencial despertó gran alegría en el concurso. El inválido rechinó los dientes. Hubiera dado el otro hombro por poder asestar una bofetada a aquel viejo. Éste, observando su irritación, le interrumpió varias veces mientras declaraba, dirigiéndole con zumba algunas preguntas, que siguieron regocijando al auditorio.
El feroz cacique de Peñascosa almacenó en pocos momentos tanta cólera, que se propuso nada menos que escupir en la cara al presidente y desafiarle tan pronto como saliesen a la calle. Sin embargo, este varón poderoso, digno de vivir en la edad de hierro, tropezó con él por la tarde en el casino, y en vez de inferirle agravio, le quitó el sombrero con mucha reverencia. Y es que no hay nada que desanime a los héroes tanto como las cárceles celulares.
Llamaron inmediatamente a D. Peregrín Casanova, el cual, al revés de lo que le había sucedido a su amigo, entró majestuosamente en el salón, resoplando y balanceándose como un vapor que atraca al muelle. En sustancia, el ex-gobernador interino de Tarragona vino a decir que el excusador de Peñascosa nunca había sido santo de su devoción. Los caracteres retraídos, mansos, silenciosos, no le habían dado resultado. A otros quizá se lo dieran, no lo discutía, pero él en su larga carrera administrativa tuvo varios subordinados que estuvieron a punto de comprometerle, y siempre habían sido caracteres semejantes al del acusado. Cuando corrió por Peñascosa la especie de que Obdulia se había fugado con el excusador, él había dicho: «Imposible; estoy seguro de que ese hombre la ha llevado engañada. Hace mucho tiempo que le observo, y yo no necesito tanto. Me precio de tener buena nariz.» (¿De qué no se preciaba D. Peregrín?) A pesar de que existían ciertas diferencias entre él y Osuna, las dio al olvido inmediatamente, porque nunca había sido rencoroso, y se ofreció a acompañarle en la persecución de la pareja. La situación en que los habían encontrado en Palencia no era para descrita. Baste saber que él, D. Peregrín, había enrojecido de indignación. Sin embargo, a ruego del abogado acusador la describió. Después quiso entrar en consideraciones filosóficas sobre la magnitud del delito y sobre la conveniencia para la sociedad de que los tribunales castiguen con mano firme en estos casos, pero le atajó el presidente. El tono pedantesco, la voz nasal y recia y la acción de dómine con que emitía su declaración habían impresionado de mal modo al auditorio, pero peor que a todos al presidente, que le miraba con ojos torvos desde que había comenzado. Cuando ya tuvo lleno el saco de la paciencia, que no llevaba mucha, dijo con su voz áspera de vejete irritable:
—¿Acaso quiere usted darnos un curso de derecho penal? Déjese de filosofías y manifieste los hechos como Dios le dé a entender... que se lo da bien mal por cierto.
—Señor presidente, creo que estoy en mi perfecto derecho...
—Aquí no tiene usted derecho ninguno, ni perfecto ni imperfecto...
—Señor presidente, yo...