—Sí, señor.

—Explique cómo ha sido.

D.ª Josefa relató exactamente la escena ya conocida, sin omitir los insultos que dirigió a la joven.

—Como esta versión—dijo el defensor—no concuerda con lo manifestado por la querellante en el sumario, de no haber hablado con mi defendido desde su regreso de Palencia, pido un careo entre ambas.

—Señor presidente—manifestó el abogado de Obdulia,—la acusación se adhiere a esta petición de la defensa, pero solicita que este careo se efectúe después que la querellante haya declarado.

Así lo dispuso la presidencia. El acusador repreguntó a D.ª Josefa:

—¿Es cierto que la testigo miraba con malos ojos a mi defendida, por suponer que la sustraía una parte del cariño o la estimación de su amo?...

—¡No conteste usted a esa pregunta!—se apresuró a decir el presidente.

—Está bien—expresó el defensor.—¿No es igualmente exacto que la testigo detestaba a todas las hijas de confesión del procesado, estableciendo con ellas una suerte de rivalidad?

—No conteste usted tampoco. Esa pregunta es tan impertinente como la otra.