El abogado acusador era un joven flaco, de barba negra, ojos pequeños insolentes, y muy sobre sí en todos los ademanes. Figuraba como jefe de los republicanos federales de Lancia y dirigía el periódico que éstos publicaban. Su odio al clero era proverbial en la población. Había tenido varios choques por este motivo, uno de ellos con el obispo: estuvo procesado por injurias a la religión. Como es natural, cogía por los pelos cualquier ocasión de vejar a sus ministros. Un proceso como el presente, en que figuraba como reo un sacerdote, le llenaba de júbilo, lo atendía con cuidados tan tiernos como si se tratase de la honra de una hermana.

Después de D. Peregrín, fue llamada el ama de la casa de huéspedes de Palencia. Venía presentada por la defensa. Declaró que había observado relaciones extrañas entre el sacerdote y la joven, pero que en nada podían comprometer a aquél. Cuando llegaron, pidieron caballos para marchar al día siguiente por la mañana a Astudillo. Le dijo la criada que ya no se marchaban, porque la señorita estaba algo constipada y no se había levantado. Pasó a verla y la encontró pálida, pero no constipada. Le preguntó si había estado a verla su compañero de viaje el sacerdote, y se apresuró a responderle que no, de un modo tan vivo que le llamó la atención. Después supo que había enviado un recado al sacerdote diciéndole que almorzase solo y que pasase luego por su habitación. Estuvo poco tiempo en ella. Le vio salir corriendo, agitado y tembloroso y echarse a la calle. Estuvo por allá toda la tarde, y vino muy de noche ya. Mientras tanto, la señorita había tenido dos ataques; ella la había asistido, porque no quiso que se llamase al médico. El sacerdote se encerró en su habitación. La señorita me mandó llamarle, pero no quiso acudir hasta que le fui a decir que estaba con un ataque. Después fue cuando la señorita me mandó que le hiciese un poco de tila, y mientras yo estaba en la cocina subió su padre con los amigos. Cuando llegué la encontré tendida en el suelo en paños menores. El papá trataba de llevarla a la cama y yo le ayudé.

—Dice usted—manifestó el acusador—que cuando le vio salir del gabinete de la joven ofrecía señales evidentes de turbación. ¿No habrá usted observado, por casualidad, si presentaba igualmente signos de desarreglo en las ropas?

Hubo un murmullo en el auditorio.

—No, señor; no noté nada.

Otras varias preguntas le hizo con la misma intención que ésta. Luego fue repreguntada por la defensa.

Salió inmediatamente, también presentada por ésta, D.ª Josefa, el ama del excusador. Se decía que esta señora tenía pruebas de la inocencia de su amo, que iba a relatar cosas muy curiosas. Se esperaba su declaración con ansiedad. Cuando le hubo tomado juramento y después de las preguntas de reglamento, el presidente le dijo con el tonillo agrio que le era característico:

—Ahora va usted a decir lo que sepa, pero mucho cuidado con los embrollos, porque la tengo a usted sobre ojo...

El abogado defensor, que era un hombre corpulento con largas patillas blancas, protestó contra esta advertencia. Preguntada por el presidente, D.ª Josefa declaró que Obdulia hacía tiempo que perseguía a su amo y le molestaba proponiéndole la escapatoria al convento. Que el excusador había tratado en vano de disuadirla; sus esfuerzos habían sido vanos. Estaba tan resuelta a marcharse, que se hubiera ido sola si él se negaba a acompañarla. En vista de eso, su amo, aunque de malísima gana, había cedido. La testigo misma se lo había aconsejado para que se librase de una beata tan insufrible.

—¿Y no es cierto—preguntó el defensor—que un mes, poco más o menos, después del regreso de Palencia, la querellante se presentó una noche en casa de mi defendido, y que fue arrojada por él de allí?