—¡Mentira!... Esa mujer está loca... Por salvar a su amo inventa una calumnia.

—No estoy loca, no, ni calumnio a nadie... La que calumnia a un sacerdote es usted, pícara, que tiene que dar cuenta a Dios de su maldad...

—Repórtese la testigo—dijo el presidente.—Repórtese también la querellante, o me veré obligado a expulsarlas de la sala.

Pero ni una ni otra hicieron caso de la amenaza. Obdulia siguió gritando:

—¡Falso! ¡Miente usted!

—La que miente es usted, que quiere por orgullo perder a un sacerdote... ¡a un santo!

—¡Silencio!—gritaba el presidente golpeando con la campanilla.

—¡Buen santo te dé Dios!—exclamaba la joven con sonrisa sarcástica.—No calumnie usted a los demás por salvarle a él.

—¡Basta! Expulsad del local a estas mujeres—profirió el presidente, dirigiéndose a los hujieres.

—¡La calumniadora eres tú!... ¡Tú, bribona! ¡Bribona!... ¿Porque te ha despreciado le acusas, infame? ¿No temes que se abra la tierra y te trague?...