En aquel momento un hujier la cogió por un brazo y la empujó brutalmente hacia la puerta. Pero D.ª Josefa, hasta que llegó a ella, siguió gritando:

—¡No hay justicia que azote a esa mala mujer, que la emplume!... ¡Bribona, que has andado siempre detrás de los curas, como una perra salida!... ¡Meterla en un baño de agua fría para que se refresque!...

Otro hujier fue a expulsar a la otra; pero en el momento de acercarse, Obdulia se desplomó, acometida de un síncope. Su abogado y las personas que estaban cerca acudieron a socorrerla. Se la trasladó al despacho del secretario. Dos médicos del concurso fueron espontáneamente a visitarla.

Terminada la prueba, y después de descansar unos minutos, el presidente concedió la palabra al acusador privado.

Su discurso fue, como se esperaba, elocuente y sañudo. Tenía la voz velada a causa de una bronquitis crónica: cuando quería elevarla resultaba chillona, estridente. La palabra era fluida, aunque abundaba en los lugares comunes del periodismo. En Lancia nadie sabía hablar con esta tersura. Pintó al P. Gil como un ser hipócrita, rastrero, alimentando en secreto pasiones vergonzosas, ocultándolas con cuidado por el temor de perder su posición. Estas pasiones son frecuentes en los clérigos, en quienes un régimen de holganza y una vida muelle y sedentaria las excitan...

Como insistiera demasiado en esto, el presidente le llamó al orden.

Describió el delito con una crudeza pintoresca a propósito para impresionar al tribunal. Un plan odioso trazado de antemano y llevado a cabo con firmeza y habilidad implacables. Abuso de confianza primero, ataque al pudor después; por último, una cobarde y sacrílega violación. Las pruebas eran concluyentes. Con vigor y sutileza al mismo tiempo las fue acumulando todas sobre la cabeza del presbítero para concluir con este párrafo:

—Y por si todos estos datos irrecusables no fuesen bastante a demostrar palmariamente la premeditación del crimen, voy a aducir otro. Se dice, y todos están conformes en ello, que el padre Gil llevaba a su hija de confesión a un convento de Carmelitas en Astudillo. Pues bien, excelentísimo señor... en Astudillo no hay convento de Carmelitas. ¿Quiere más el tribunal?

El discurso fue corto y contundente. Al terminar se sintió un murmullo aprobador, de mal agüero para el procesado.

El defensor de éste era un abogado de experiencia e inteligente, pero que carecía en absoluto de las dotes oratorias de su contrincante. Tenía palabra abundante, pero era monótona, pesada, más a propósito para dilucidar algún punto oscuro en un expediente civil que para arrastrar el espíritu del tribunal y del público. Se entretuvo con suma prolijidad a reconstituir el sumario buscando informalidades, llamando la atención del tribunal acerca de pormenores, algunos de ellos insignificantes. Nada de entrar, como debiera, en el carácter de la querellante, de hacer resaltar el trastorno crónico de su sistema nervioso, la violencia sorprendente de sus sentimientos, lo mismo el amor que el odio, la susceptibilidad enfermiza de su amor propio que parecía desprovisto de piel y en carne viva siempre; nada de buscar, en fin, el origen, el verdadero génesis de aquella acusación extraña.