Y se fue.
El abogado dio un paso hacia el penado, y le dijo con amable sonrisa:
—Desearíamos, si usted no tiene inconveniente en ello, hacerle algunas preguntas...
—Son ustedes muy dueños—respondió el sacerdote, clavando en él una mirada límpida que consiguió turbarle.
El médico se adelantó también, y sacando la petaca le ofreció un cigarro puro, preguntándole al mismo tiempo:
—¿Qué tal? ¿Le tratan a usted bien por aquí?
—Muchas gracias, no fumo... Sí, señor, me tratan bien. Hay más caridad en la cárcel de lo que ordinariamente se dice.
Entablose una conversación animada. Procuraron, lo mismo el médico que el jurista, hacerla cada vez más íntima y familiar, enterándose con interés de los pormenores de su vida cotidiana. Pasaron después insensiblemente a interrogarle acerca de su infancia, de las primeras impresiones de su vida, de su educación, y se detuvieron particularmente en la adolescencia. ¿Cuál era su vida en el seminario? ¿Cuál su régimen de alimentación? ¿Era aficionado a la soledad? ¿Qué enfermedades había padecido? Enteráronse también de algunas particularidades referentes a su familia. El suicidio de su madre les llamó sobre todo la atención, y se entretuvieron largo rato a preguntarle lo que sabía acerca de la que le había dado el ser. Por último, después de una hora de conversación, durante la cual le miraban con la insistencia pertinaz de quien va a comprar un animal, el médico le preguntó:
—¿Nos permitirá usted ahora que tomemos algunos datos acerca de su cráneo y otras medidas?...
El P. Gil, un poco sorprendido, consintió inmediatamente. El médico sacó del bolsillo de atrás de la levita un craniómetro y una cinta.