Tomole la medida del cráneo en redondo, después la de la caja ósea que protege el encéfalo, la del ángulo facial, la del largo de la cara; midió la proyección facial y la parietal, los arcos zigomáticos y la mandíbula...
Al llegar aquí, el médico y el jurista cambiaron una rápida mirada significativa.
—¿Nos hace usted el favor de abrir los brazos?
El P. Gil se puso en cruz, mientras una mirada dulce y melancólica plegaba sus labios. Midieron el largo de los brazos. Después el de las manos. En este punto, médico y jurista tornaron a cambiar otra mirada de inteligencia.
Finalmente, luego que se hubieron enterado de todo lo que quisieron, despidiéronse de él muy cortésmente, dándole muchas veces las gracias por su amabilidad y procurando animarle con buenas razones.
Al día siguiente aparecía en El Porvenir de Lancia, firmado por el abogado criminalista, un artículo con el título de Una visita al P. Gil. Hacíase en él relación exacta de la entrevista, describíase con minuciosidad la persona del sacerdote penado, y terminaba con una serie de profundas consideraciones científicas acerca de los caracteres anatómicos, patológicos y fisiológicos que el delincuente presentaba.
«Entre los datos antropométricos—decía en uno de sus párrafos—comunes a todos los criminales, sólo hemos podido observar cierto predominio ligero de la proyección parietal comparada con la frontal y bastante desarrollo de los arcos cigomáticos y de la mandíbula. En cambio, el P. Gil ofrece en su figura absolutamente todos los rasgos que la escuela criminal positiva asigna como peculiares a los estupradores y libertinos; es a saber: el pabellón de la oreja saliente e inserto a manera de asa, la mirada brillante, la fisonomía delicada (a excepción de la mandíbula), el cabello liso, el cutis mórbido, las manos muy largas y algo de afeminado en el conjunto.»
FIN