—Señor Consejero, hoy le he visto desde la rectoral sacar con la caña un pez muy gordo. Por cierto que me pareció un salmonete, y a D. Miguel una robaliza. Hemos disputado un poco.
—Tiene mejor vista el cura que usted. Una robaliza era—dijo gravemente el caballero interpelado, sin levantar la vista de las cartas.
Este D. Romualdo Consejero era un anciano de bigote y cortas patillas blancas, color cetrino, la frente surcada con profundas arrugas, los ojos grandes, severos, de párpados caídos. No sonreía jamás. Hablaba constantemente con acento de mal humor, como hombre desengañado de todo.
—Los salmonetes no caen en el muelle, don Gil de las calzas verdes—profirió el señor de las Casas con su habitual rudeza, por no decir grosería. Solía llamar así, en broma, a su antiguo protegido.
—Sí caen tal, D. Martín de las Casas blancas—profirió con voz sorda Consejero.
Los tertulianos rieron, lo cual amoscó un tanto a D. Martín, hombre, como ya sabemos, propenso a irritarse.
—Yo lo creía así, Consejero de picardías—respondió con retintín, mirándole a la cara fijamente, y poniendo sobre la mesa al mismo tiempo un rey de copas.
—Pues creía usted muy mal—replicó el anciano, siempre con los ojos sobre las cartas.—También creía usted que ese rey de copas iba a pasar triunfante, y... vea usted, ¡lo fallo!
—Eso lo hará usted porque es un grosero y ha adquirido malas mañas allá por Málaga. Aquí el padre Norberto de seguro no lo hubiera hecho.
—¡No, no! Yo soy incapaz...—dijo el cura, sofocado por la risa, tosiendo hasta reventar.—No he salido de Peñascosa... Yo lo que hago es achicarme y correr ese punto de oros de mi compañero.