Y puso sobre la mesa un cuatro.

—¡Hurra por el cura!—rugió D. Martín, echando el caballo y recogiendo la baza.

—Amigo, yo pensé que D. Martín no tendría el caballo—suspiró D. Norberto, dirigiéndose a Consejero con ojos de angustia.

—Lo pensó usted porque es un babieca y lo ha sido toda su vida—repuso éste con afectada naturalidad donde se traslucía la cólera.

—¡Pero hombre de Dios!...—exclamó el clérigo, disponiéndose a dar explicaciones.

Consejero le atajó con ademán colérico, poniendo resueltamente las cartas boca abajo sobre la mesa.

—¡Hombre del diablo! digo yo... ¿Cómo se le ocurre a usted correr un punto no estando cubierto?...

Armose una disputa violenta que duró breves instantes. Las de Consejero y el P. Norberto no se prolongaban mucho tiempo, porque éste, hombre de buena pasta, flemático, concluía por callarse alzando los hombros con resignación y sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en señal de muda protesta. Las que se eternizaban eran las de Consejero con D. Martín, siendo ambos a cual más irascible y tozudo.

D. Martín de las Casas, teniente coronel retirado, que había hecho la guerra de Cuba, donde había recibido una herida en un hombro que le impidió continuar en el servicio, se creía en el caso, por su profesión, de llevarlo todo por la tremenda. Desde el año 1873 en que pasó al cuerpo de Inválidos no volvió a salir de Peñascosa. Contaba en aquella época cuarenta y dos años. Su esposa se alegró de aquel retiro forzoso, aunque deplorase que viniera al seno de la familia con un hombro de algodón. Consideraba como virtud excelsa, privativa del militar, la energía lo mismo en el campo de batalla que tomando café en el casino. Sus disputas, sus baladronadas en este centro de recreo eran proverbiales en Peñascosa y las bofetadas que solía repartir al final de ellas también. Desde la llegada del tremendo teniente coronel ningún vecino, por grave y respetable que fuese, estaba seguro. Muchos hidalgos y ricos hacendados de la villa, que hasta entonces habían conservado inmaculadas sus mejillas, ni soñaban con que nadie pudiese atentar a ellas, las vieron selladas y rubricadas cuando más descuidados estaban por los dedos del feroz inválido. Esto fue causa de un lento reflujo entre sus amigos y conocidos, que le habían recibido cordialmente a su vuelta del servicio. El movimiento no engendró aquí el calor sino el frío. Poco a poco fueron dejándole aislado, juzgando su sociedad peligrosa. Se vio necesitado a alternar con gentecilla de poco más o menos y con clérigos, que por su sagrado carácter estaban libres de sus manos expeditas, o así lo parecía al menos. En el casino se le veía rodeado casi siempre de dos escribientillos de casas de comercio, un profesor de música, un maestro de obras y otros tres o cuatro individuos del mismo porte. Le escuchaban como un oráculo, y si alguna vez en el calor de la improvisación les largaba un soplamocos, blasfemaban un poco por dignidad y volvían en seguida a las buenas.

Consejero formaba excepción. Tenía peor genio que él. En el de D. Martín había mucho de afectado y profesional: el de aquél era puro y nativo. Pero su avanzada edad, su debilidad física y sus achaques le ponían a cubierto de cualquier brutal agresión por parte de su amigo. Éste solía concluir la disputa con un gesto violento de desprecio. Alguna vez llegó a decirle: