—Por la disputa que he tenido con D. Narciso.
—¡Ah! Sí... en efecto, no me ha gustado la actitud rebelde en que usted se ha colocado frente a él. Es indigno de una joven humilde y virtuosa como usted...
Obdulia guardó silencio, sintiendo en el corazón la censura de su director. Al cabo dijo, poniéndose colorada, lo cual nadie pudo advertir:
—Tiene usted razón; he cometido un pecado y me arrepiento...
Después de una pausa larga, añadió humildemente:
—No puede usted figurarse cuánto me disgusta el observar la envidia de D. Narciso.
—¿La envidia?—preguntó el sacerdote con sorpresa.—¿A quién tiene envidia?
—A usted, padre, a usted—repuso con firmeza la joven.
—No, hija, no—dijo el P. Gil todo azorado.—Yo no puedo excitar la envidia de nadie... Soy un pobre clérigo... un miserable pecador...
—Pues así y todo... yo me entiendo...