Repuesto de su turbación, el sacerdote dijo entonces con aspereza:
—Ruego a usted que no vuelva a decir esas cosas, ni que las piense... Se lo prohíbo... Advierta usted que se trata de dos sacerdotes—añadió después de una pausa, dulcificando la voz.
Obdulia no replicó. Muda y con el corazón apretado por una pena extraña, siguió marchando al lado del clérigo. Éste dirigió la palabra a Osuna sin volverse:
—Al llegar al Campo vamos a sentir el aire, señor Osuna.
—¿Cuándo no sopla en ese maldito Campo?—replicó el jorobado con mal humor.
Y en efecto, al abocar a él, una ráfaga violenta les azotó el rostro y estuvo a punto de volverles los paraguas. La sotana del clérigo, las enaguas de la joven tremolaron: les costaba trabajo avanzar.
Por fin alcanzaron el gran portal de Montesinos. Se limpiaron el rostro con el pañuelo y repusieron el desorden de sus vestidos. El P. Gil volvió a dirigir una mirada curiosa y escrutadora a la oscura puerta en cuya cima ardía siempre la lamparita de aceite.
—Adiós, señor Osuna, que usted descanse—dijo tendiendo la mano al jorobado.
Luego tuvo un momento de indecisión: iba a tendérsela a Obdulia; pero turbado por la mirada intensa y extática que la joven le clavaba, la llevó al sombrero y se inclinó gravemente, diciendo:
—Buenas noches, señorita.