Alzó de nuevo el paraguas y salvó de prisa la distancia que le separaba de la rectoral. Los ojos de Obdulia, inmóvil a la puerta mientras su padre llamaba, le siguieron algún tiempo.
Antes de penetrar en la rectoral, el P. Gil volviose y quedó inmóvil también algunos instantes. Pero sus ojos no buscaron la puerta de donde aquélla acababa de desaparecer. Fueron más arriba, abrazaron de una vez la extensa y sombría fachada de la gran casa solariega que, avezada a los golpes del huracán, dormía grave y desdeñosa bajo la intemperie. Contemplola larga, atentamente. Sus ojos brillaron con un fuego de gozo místico. Era la mirada del apóstol, ávida, tierna, clemente. Tal debió ser la expresión que reflejaron los ojos de San Pedro a la vista de Roma.
IV
Desde aquella noche el P. Gil no soñó con otra cosa. La fiebre del apostolado le encendió de tal modo que no dejó rincón vacío en su cerebro para otro pensamiento. Dentro de él entablose una lucha sorda entre el deseo vivo y ardiente de ennoblecer su vida con la conquista de un enemigo encarnizado de la Iglesia, y el miedo desapoderado, loco, que sin saber por qué le inspiraba. En sus continuos paseos por la estancia que ocupaba en la rectoral, mientras con el breviario en la mano decía los rezos obligatorios, a menudo se detenía ante la ventana, levantaba la punta del visillo y dirigía una mirada tímida y ansiosa al palacio de Montesinos. Allí estaba, adusto, impenetrable, hostil como un baluarte fabricado por la impiedad. Los balcones eternamente cerrados. El hombre misterioso que lo habitaba debía de odiar tanto la luz del sol como la de la fe. El P. Gil dirigía luego la vista al cielo y daba gracias a Dios desde el fondo del corazón por haberle tenido siempre de su mano, por haberle hecho nacer y vivir en la región luminosa de las santas creencias cristianas.
En vano trató de inquirir pormenores de la vida y carácter de aquella oveja descarriada a quien ansiaba traer al redil. Los datos que le suministraron eran contradictorios. Mientras su hermana y algunas otras personas se lo presentaban como un perfecto caballero, un hombre de buen fondo, extraviado por las malas compañías y la lectura de libros impíos, otras, que también pretendían conocerle desde la infancia, lo pintaban como un ser avieso, mal intencionado, riendo siempre de las desgracias y las flaquezas del prójimo, insolente y agresivo de palabra, ya que de obra no podía serlo por su natural débil y enfermizo. A este propósito narraban algunas anécdotas de su infancia y adolescencia que acreditaban esta opinión. Otros, en fin, le tenían por un desdichado, por un hombre a quien los desengaños de su carrera literaria y los profundos pesares domésticos habían llenado el corazón de hiel. Suponían que Montesinos, aficionado a las letras, enamorado de la gloria, había ido a Madrid. En vez de ella, sólo halló glacial indiferencia: esto, unido a la catástrofe de su matrimonio, le había obligado a retirarse de nuevo a Peñascosa «rabo entre piernas,» como decían pintorescamente los graves biógrafos. Y terminaban afirmando que Montesinos desahogaba su amargura y despecho blasfemando de palabra cuando se le presentaba la ocasión y publicando artículos en los periódicos y revistas de los masones. El P. Gil no sabía a qué atenerse. Inclinábase, no obstante, a esta última opinión, que conciliaba hasta cierto punto la benévola de su hermana y ciertos amigos con la mala fama que tenía en el pueblo. Lo que no dejaba de sorprenderle era que mientras el clero y los tradicionalistas de Peñascosa le detestaban cordialmente, los pocos republicanos y masones que había en la villa no le demostraban estimación alguna. Decíase que Montesinos se reía de ellos con más gana aún que de los católicos, y que había huido constantemente su trato.
Todas estas noticias, que recogía de un lado y de otro disimulando, por supuesto, su proyecto, no eran a propósito para apartarle de él. El misterio impenetrable que envolvía el carácter de aquel hombre le interesaba cada día más, y más le atemorizaba. Sabía cuánto importaba atraer un alma perdida al seno de la Iglesia; pero cuando esta alma era la de un hereje, un enemigo encarnizado de ella, el acto crecía desmesuradamente a los ojos de Dios. Dando vueltas a la idea, concibió varias veces el propósito de acercarse inmediatamente a él, hablarle y convencerle con razones y con ruegos; mas pronto lo abandonaba temiendo un fracaso. No era que le mortificase lo más mínimo en su amor propio: estaba resuelto a padecer por Dios con alegría toda clase de martirios, cuanto más una injuria. Lo que temía era tener que renunciar a una empresa tan noble y gloriosa. Poco a poco llegó a convencerse de que el mismo Dios se la encomendaba especialmente, que ésta era la tarea principal que le había impuesto al enviarlo a Peñascosa. Y convencido de que lo sublime del propósito no empece a que se adopten los medios más eficaces para llevarlo a feliz remate, resolviose a comunicarlo con su madrina doña Eloisa y a pedirle ayuda. Grande fue el gozo de la buena señora al recibir la confidencia. Aplaudió de todas veras el proyecto, que satisfacía los deseos más ardientes de su corazón, y prometió hacer cuanto humanamente fuese posible por que tan hermoso sueño se realizase. Hubo entre ambos largas pláticas, en que se buscaron y ponderaron los medios de llevarlo a cabo; se trazaron y se rechazaron diferentes planes; por último, quedaron convenidos en que el excusador fuese a la morada de D. Álvaro por encargo de su hermana a pedirle una limosna para las viudas y los huérfanos de unos pescadores que habían perecido recientemente en la mar. Aprovechando la ocasión, podía tantearle, hacerse amigo suyo y dar comienzo poco a poco a la obra de su conversión. D.ª Eloisa no dudaba del éxito, fiada en el buen fondo de su hermano y en la virtud y la ciencia de su ahijado. Cuando alguna vez le había hablado de las prácticas religiosas, Álvaro había respondido con alguna invectiva grosera contra los clérigos de Peñascosa; a unos los consideraba idiotas, a otros malvados; de todos se reía a mandíbula batiente. Pero ¿qué podía decir de este muchacho tan bueno, tan estudioso, de costumbres tan puras y austeras?
Él no estaba tan confiado. A medida que se acercaba el día de la visita, sentíase más agitado y medroso. Pedía con insistencia a Dios que le diese fuerzas y valor, y preparaba sus argumentos y hasta sus frases con una atención exagerada. Una mañana, después de haber estado en oración largo rato, salió de la rectoral con paso firme, salvó la pequeña distancia que le separaba del palacio de Montesinos, penetró en el lóbrego portal y tiró del grasiento cordel de la campana. Ésta sonó a lo lejos cascada y triste. El corazón del sacerdote se contrajo, a pesar del ánimo que la oración le había infundido. Presentose al cabo de un buen rato de espera un criado anciano de semblante hosco. Al ver al excusador, sus ojos duros y penetrantes expresaron asombro.
—¿D. Álvaro está?
Tardó en contestar.
—¡Ya se ve que está!—respondió al cabo.—No sale nunca.