—¿Y se le puede ver?
—¿Por qué no?
—Pues avísele usted que el teniente cura de la parroquia desea hablar con él por encargo de su señora hermana D.ª Eloisa.
—No hay necesidad. Venga usted conmigo—replicó bruscamente.
Y después de cerrar y trancar con cuidado la puerta, echó a andar delante. No dejó de sorprenderle al excusador el aire de autoridad del viejo doméstico, y lo poco en que tenía la voluntad de su amo para recibir o no las visitas. Después de atravesar un gran patio húmedo, mal empedrado, donde crecía por todas partes la hierba, rodeado de columnas toscas de piedra manchadas de musgo, ascendieron por una escalera de piedra y tosca también, con los pasos gastados por el uso. En el piso principal salvaron un ancho corredor abierto, con el pavimento de madera, tan deteriorado que era preciso ir con cuidado para no meter el pie por algún agujero. Por todas partes se observaba un abandono extraño; las paredes sucias, descascarilladas, el suelo con un dedo de polvo, los techos agrietados: no parecía una casa habitada, sino una antigua abadía solitaria. La gran casa solariega de los Montesinos se pudría, se derrumbaba, sin que su dueño intentase en ella la menor reforma, sin que lo advirtiese siquiera. En el piso segundo el criado le condujo al través de varias salas destartaladas y lóbregas, abrió al fin una puerta de cristales con visillos sucios, después de echar una mirada por el interior, dijo:
—No está aquí. Habrá subido a la biblioteca.
Vuelta a desandar lo andado. Hallaron en el corredor una puertecita estrecha, y por ella entró el criado seguido del clérigo, subiendo por una escalera de caracol más oscura y más sucia aún que el resto de la casa. Cuando iban hacia el medio, el P. Gil oyó en lo alto una tosecilla seca que volvió a apretarle el corazón de temor. La biblioteca se hallaba en una de las dos torres cuadradas que la casa tenía a los lados. Había una pequeña antesala sin mueble alguno, con puerta de madera sin pintar, charolada por el uso, que el viejo empujó, diciendo:
—Álvaro, aquí tienes al señor excusador, que desea hablarte.
El susto que éste llevaba en el cuerpo no le impidió sorprenderse de la confianza extraña del criado. ¡Un señor tan rico, tan noble, tan misterioso, tuteado por un criado!
La biblioteca corría parejas con el resto de la casa en lo destartalada y sucia. Era una gran pieza cuadrada, de techo abovedado, cuyas paredes estaban cubiertas a trechos de tosca estantería con libros. Éstos andaban asimismo amontonados por el suelo sin orden ni curiosidad alguna. Los había encuadernados con pasta antigua, los había también en rústica modernísima, pero todos eran víctimas por igual del descuido de su dueño y de la inclemencia del polvo. Dos ventanas de vidrios emplomados, sin cortinas, esclarecían la estancia. Una estufa moderna, cuyo tubo, sostenido por alambres, salía por un cristal roto, la calentaba. Cerca de una mesa deteriorada, cubierta por un hule todo salpicado de tinta, estaba sentado en un sillón antiguo de vaqueta un hombre cuya figura y atavío correspondían perfectamente al decorado de la estancia. Era menudo de cuerpo, gordo de cabeza, el rostro pálido, nariz y labios finos, los ojos pequeños y de un color indefinible, el cabello bermejo y ralo, las manos diminutas y descarnadas. Vestía una bata usada, mugrienta, traía anudado al cuello un pañuelo de seda, y se cubría las piernas y los pies con una manta de viaje tan rapada y grasienta como la bata.