Al abrirse la puerta levantó la cabeza, y sus ojos verdosos con puntos amarillos, como los de los gatos, se clavaron en el sacerdote con una curiosidad que llegó a ser insolente por el acto de no levantarse más que a medias del sillón ni hacer siquiera una inclinación de cabeza. El P. Gil se había despojado del sombrero canal, y se inclinaba confuso y molesto bajo aquella fría y escrutadora mirada. El criado se retiró y entornó la puerta. Después de preguntarle por la salud, tardó en hallar palabras el sacerdote.
—Estará usted enterado, señor, de la desgracia que ha ocurrido hace algunos días en la mar. Unas cuantas familias han quedado sin más amparo que la capa del cielo y el de las almas caritativas. Confiado en la caridad de este pueblo, emprendí la tarea de implorarla de casa en casa. En cumplimiento de este deber y excitado por su señora hermana, me tomo la libertad de venir a pedirle a usted para las pobres viudas y huérfanos una limosna por el amor de Dios.
El dueño de la casa le contempló todavía unos instantes. Luego sacó del bolsillo una llave, abrió un cajón de la mesa, sacó unas monedas de oro y, alargando la mano, las depositó silenciosamente en la del sacerdote.
—Dios se lo pague a usted, señor—dijo éste.
No había más remedio que retirarse. D. Álvaro no decía una palabra ni le invitaba a sentarse. Pero el hacerlo sin tentar de algún modo su proyecto, le dolía tanto que permaneció inmóvil, a despecho de la mirada de despedida que aquél le estaba clavando.
—No me sorprende su generosidad—dijo.—Su señora hermana me había hecho muchos elogios de su corazón, y veo que no estaba equivocada.
—Supongo que a nadie más que a mi hermana habrá usted oído hacer elogios de mi corazón.
La voz del mayorazgo de Montesinos era singularmente armoniosa y dulce, y contrastaba notablemente con lo inarmónico y triste de su figura. El P. Gil, que era la rectitud personificada, quedó un instante suspenso.
—En efecto, a nadie he oído hacer elogios de usted más que a su hermana—dijo al cabo, con naturalidad.
Montesinos no pareció disgustado con esta respuesta, pero sus ojos brillaron con más curiosidad, y volvió a examinar atentamente al clérigo de los pies a la cabeza.