—Como los elogios de mi hermana no tienen valor alguno... saque usted la consecuencia.
Una levísima sonrisa apuntó a sus labios al pronunciar estas palabras.
—Para juzgar a los hombres no me atengo al juicio de los hombres, sino al de Dios. ¿Quién sabe la bondad o la maldad que pueden ocultarse en el fondo de un alma? Hasta ahora lo único positivo que sé respecto a usted, señor, es que no he llamado en vano a su puerta, es que los huérfanos desvalidos bendecirán su nombre y su corazón.
Los ojos del caballero se desviaron bruscamente del clérigo y expresaron malestar.
—El dar una limosna más o menos crecida nada tiene que ver con la bondad del corazón. Damos lo que nos sobra. ¿Está usted seguro de que si el dinero que acabo de darle me hiciese falta se lo daría?
—No, señor: de lo que estoy seguro es de que haría usted bien en darlo aunque le hiciese falta—respondió gravemente el sacerdote.
El aristócrata le miró aún con más interés y quedó unos instantes pensativo. Luego alzó los hombros con indiferencia.
—¡Ps! Yo no sé hasta qué punto es eso cierto. Suponiendo que mi dinero sirviese para que vivan esos huérfanos, no es gran favor el que les hago. Es más; si se considera lo que indudablemente les espera en esta vida, puede asegurarse que les causo un terrible mal... Vivir abrumados de trabajo, de sufrimientos, de angustias, y por fin de fiesta quizá una muerte aterradora como la de sus padres allá entre las olas embravecidas. ¡Hermoso porvenir! Bien pueden darnos las gracias esos pobres chicos por la felicidad que les preparamos.
—Todo hombre tiene un destino que cumplir sobre la tierra.
—Conozco perfectamente ese destino. Padecer los innumerables dolores que la naturaleza y nuestros semejantes nos proporcionan.