—Y si los padecemos con paciencia y los encomendamos a Dios, lograr la recompensa reservada a los buenos.
D. Álvaro hizo una mueca de desdén, y levantándose de la silla con señales de impaciencia, tendió la mano al sacerdote.
—Señor excusador, nuestra conversación, si se prolongase, podría convertirse en disputa. Siempre es mala educación disputar con las personas que vienen a visitarnos, pero en este caso, tratándose de un sacerdote, sería una verdadera ofensa.
—Diga usted cuanto se le ocurra, señor. Mi deber es pregonar la verdad sin temor a las ofensas.
El caballero volvió a mirarle esta vez con una benevolencia compasiva, y acercándose a él y poniéndole una mano sobre el hombro, le preguntó sonriendo:
—Vamos a ver, señor cura, si usted fuera Dios, ¿haría un mundo tan perverso como éste?
—Esa pregunta más parece una burla...—respondió con señales de tristeza y disgusto el clérigo.
—¡Lo ve usted cómo se ofende!... Lo que yo pretendo preguntarle es si, teniendo usted en su mano fabricar un mundo bueno, poblado de seres felices, eternamente felices, crearía usted por capricho otro lleno de dolores, de tristezas, de amarguras, daría usted vida a unos pobres seres, malos y buenos, por el gusto de recompensar a los buenos y castigar a los malos.
—Dios no ha creado el mundo malo, sino bueno. Fue el primer hombre quien se acarreó todos los dolores con su desobediencia.
—¡Ah, sí! El mito de la manzana. Yo no le creo a usted capaz, señor excusador, de un capricho tan ridículo. ¿A qué conducía el reservar esa manzana, sobre todo conociendo el carácter caprichoso de Eva y la debilidad de Adán por ella? Pero dando por supuesto que esos dos merecieran castigo, ¿qué tenemos que ver nosotros con su delito? Si una persona le agraviase, ¿sería usted capaz de vengarse en sus hijos y sus nietos? No lo creo. Principiaría usted por perdonar al ofensor, y si no le perdonaba, al menos se guardaría de causar ningún daño a sus hijos. Vea usted, por lo tanto, cómo me veo en la precisión de considerarle a usted mejor persona que Dios.