—Sí, señor, enemigo de Dios y de los hombres... Es decir, de Dios desgraciadamente no puedo serlo, porque no existe. Si existiera, a juzgar por sus obras, sería un Dios bien perverso. No pudiendo serlo de Dios, lo soy de los hombres, no para hacerles daño, sino para huir de ellos como se huye de las bestias feroces. Desde que nací me han hecho experimentar muchos dolores. Sin embargo, nunca intenté vengarme de ellos, porque sé muy bien que son malvados porque así los ha creado la Naturaleza o el Destino; hacen daño como lo hacen las fieras, por el egoísmo que ruge dentro de todo ser animado. El mundo está organizado para devorarse los seres, unos a otros. Lo que pasa entre los peces pasa entre los hombres; sólo que nosotros no abrimos la boca y nos tragamos la víctima de golpe, lo cual, después de todo, es una ventaja para ella, sino que la vamos devorando a pequeños mordiscos, arrancándole la carne hasta dejarla en esqueleto... ¿No me ve usted a mí?—añadió con sonrisa feroz apuntando a su rostro.—El pez que me ha comido lo entendía. No me ha dejado más que los huesos.

El P. Gil, cada vez más aterrado, se atrevió a preguntar:

—¿Y usted piensa que no hay sobre la tierra ningún hombre honrado, ninguna mujer virtuosa?

—Sí los hay, pero son productos excepcionales de la Naturaleza; mejor dicho, son aberraciones de un organismo creado para el mal. Los hombres buenos sufren las consecuencias de toda aberración; no pueden subsistir. Todos los animales nacen con defensa para la lucha en el combate de la vida, unos tienen dientes, otros tienen garras, otros tienen cuernos, otros tienen alas para huir: el hombre bueno es el único animal que carece de medios de defensa. No siendo apto para luchar, está fatalmente destinado a perecer. Es la pobre mosca que se enreda en la inmensa tela de araña labrada por los bribones que componen la inmensa mayoría del género humano. El consuelo único que el hombre bueno puede tener es que sus verdugos tampoco son felices. La vida es un gran fraude para todos, para los buenos y para los malos. Dentro del universo se oculta una fuerza astuta, perversa, que nos impulsa, que nos dirige hacia un fin desconocido para nosotros, en el cual nada tenemos que ver. Para este fin misterioso necesita de nosotros y nos obliga a reproducirnos. No le importa que seamos desgraciados. El individuo para ella es nada, la especie lo es todo. Obra como el dueño de una ganadería, que antes de matar un buen caballo que ya no sirve, le obliga a dejar una cría. Preocupada únicamente con la perpetuidad para que no le falten jamás instrumentos, nos engaña con el señuelo del placer, de la ambición o del orgullo. Usted mismo, que no obra por ninguno de estos móviles, es igualmente un instrumento de la especie. Al preocuparse con la suerte de esos pobres huérfanos, al buscar con afán los medios de que vivan, obedece usted inconscientemente las órdenes de esa fuerza malvada. Cuando no le basta el atractivo del placer para la conservación de la vida, apela al sentimiento de compasión que ha puesto dentro de nosotros.

El P. Gil, que escuchaba petrificado tal sarta de impiedades, sintió un estremecimiento de horror al oír aquella interpretación monstruosa del sentimiento de la caridad. A este estremecimiento sucedió una viva irritación. Necesitó un gran esfuerzo de voluntad para no romper en insultos contra el blasfemo.

—Todo eso está muy bien—dijo dominándose y sonriendo forzadamente;—pero usted me dispensará que le haga una pregunta. En ese pesimismo tan desconsolador que usted profesa, en la idea deplorable que usted ha formado del mundo y de los hombres, en ese mismo ateísmo brutal (¡perdón por la frase!) que tanto gusto tiene en exhibir, ¿está usted seguro de que todo depende de la razón fría y serena? ¿No habrán influido nada sus tristezas individuales, los acontecimientos desgraciados de su vida?

Los ojos felinos del hidalgo brillaron iracundos; le había herido en lo vivo.

—¡Ah, la eterna cantilena!—exclamó impetuosamente.—Cuando no se puede atacar una teoría, se escudriñan los móviles del que la sustenta. ¿Qué pretende usted probar con eso? Supongamos que el mundo es un paraíso, que todos los hombres, menos yo, son felices, y que mi pesimismo depende en un todo de mis desgracias. ¿Dejaré por eso de afirmar el mal que me ha tocado en suerte? ¿No tendré derecho yo, criatura desdichada, a calificar a Dios (caso de que lo hubiera) de perverso, puesto que pudiendo haberme hecho feliz como a los demás me hizo desgraciado? Todo el que padece sobre la tierra puede preguntar a Dios como Job: ¿Cuándo la existencia te pidió la nada?... Por lo demás—añadió adoptando un tono despreciativo, insultante,—desde que usted ha entrado por esa puerta supe a lo que venía. No quiero discutir con usted, porque me aburriré. Estoy persuadido de que la religión en que usted cree no es más que un conjunto de hipótesis inocentes como las de todas las demás religiones inventadas por la miseria y la cobardía de los hombres, que no pueden resignarse a morir buenamente como los demás seres animados, como nos lo enseña irrefutablemente la experiencia, que no pueden convencerse de que han nacido para el dolor. Y esto no lo creo por capricho, sino después de haber estudiado y meditado el asunto largamente, después de haber seguido paso a paso con cuidado la historia de las religiones más importantes. Si hubiera de elegir alguna entre ellas, no sería ciertamente el cristianismo, que es una de las más tristes e insensatas. Me sucede lo que a Goethe: la cruz me crispa los nervios. Ni Santo Tomás, ni San Agustín, ni Fenelón, ni Pascal me han convencido. Por consiguiente, ninguno de ustedes me convencerá. Usted no tiene más respetabilidad para mí que la que le preste su carácter y sus obras. De su ciencia y de la de todos sus colegas, obispos y arzobispos me río a carcajadas.

Sus ojos brillaban con fiereza, mirándole de arriba abajo; pero estos ojos se dulcificaron repentinamente al ver temblar una lágrima en los del P. Gil.

—Dispénseme usted, señor excusador—se apresuró a decir, acercándose a él,—si le he ofendido. Tengo mal carácter... me irrito con facilidad...