—Adiós, señor, adiós—respondió el P. Gil, estrechando la mano que Montesinos le tendía.—A mí no me ha ofendido... Es a Dios a quien...

—Entonces estoy contento, porque eso no importa nada...—replicó sonriendo.—Hasta la vista. Ya sabe que tiene aquí un amigo y una casa a su disposición.

V

Salió de aquella casa maldita en un estado de confusión y tristeza indescriptibles. No quiso ir a la de D.ª Eloisa, que le esperaba impacientemente. Cuando más tarde la vio, manifestole su fracaso en cortas y secas palabras.

Durante algunos días hizo esfuerzos para alejar de su pensamiento aquella desagradable entrevista y hasta la imagen del blasfemo. Abrumado, abatido por un recibimiento tan brutal, no imaginaba que hubiese medio alguno de combatir aquel diablo rabioso henchido de ira y de impiedad. Pero sus palabras resonaban noche y día en sus oídos, le perseguían, le dolían como crueles latigazos. Conocía algunos razonamientos de los herejes; aquellos que los libros de teología traían, y que el autor, con la autoridad de los Santos Padres, refutaba siempre victoriosamente. Sabía de la existencia de los racionalistas, pero sus noticias eran deficientes y vagas. Jamás había visto expresado de un modo tan cínico el ateísmo. No pensaba que hubiese quien estuviera verdaderamente convencido de que Dios no existía.

Disipada, no obstante, al cabo de algún tiempo la impresión, no pudo menos de pensar que se había amilanado pronto. Demasiado sabía que la oveja no se le había de entregar de buenas a primeras, que iba a encontrarse con un hombre avisado, erudito, a quien no se atraería con cuatro lugares comunes. Entonces, ¿por qué abatirse repentinamente? ¿Por qué darse por vencido sin luchar? El P. Gil se confesó, con su habitual y sincera modestia, que no estaba preparado para este combate. Debajo de las frases irónicas y cínicas del mayorazgo de Montesinos adivinaba un estudio largo de la materia, un sistema meditado y completo. Para combatir este sistema y los razonamientos que la impiedad puede alegar era menester conocerlos de antemano, discutirlos y ponderarlos previamente en la cabeza, para luego, al aparecer en la boca del incrédulo, destruirlos, hacerlos polvo. Por eso no se atrevía a intentar de nuevo aquella apetecida conversión.

Pero cuanto más difícil se le hacía, cuantos más obstáculos encontraba en el camino, más vivos eran sus deseos de lograrla. En las vidas de los santos había visto que jamás se daban por vencidos en su lucha con el pecado. Por enorme, por imposible que la empresa fuera, una y otra vez la acometían con creciente ardor, fiados únicamente en la ayuda de Dios. Debía hacer otro tanto. Si le faltaban fuerzas, Dios se las prestaría. Trabajar sin descanso hasta conseguir la vuelta del hijo pródigo, hasta destruir este foco de impiedad que podía contagiar los corazones sanos de Peñascosa, hasta remover aquella piedra de escándalo.

Quedó decidido en su pensamiento que volvería de nuevo a la carga. Pero esta vez iría mejor apercibido; conocería perfectamente todos los argumentos de los herejes y llevaría preparada la réplica. Comunicó con su maestro el rector del seminario de Lancia el proyecto de la conversión y le rogó que pidiese al prelado un permiso para leer libros prohibidos. Tardó poco en mandárselo el rector, pero en la carta que lo acompañaba no aparecía muy entusiasmado con la empresa de su discípulo. El ascético sacerdote gozaba más con perfeccionar las almas creyentes y buenas, que en atraer las que definitivamente se hallaban en las garras del pecado.

Lo primero que se le ocurrió leer al P. Gil fue cierta Vida de Jesús, muy popular a la sazón entre los impíos y de la cual se hablaba siempre con desprecio mezclado de terror en el seminario. La leyó con profundo dolor y tristeza. Nuestro Señor Jesucristo era considerado por el hereje que la escribiera como hombre. Le prodigaba mil irrisorias alabanzas, le manifestaba exagerada admiración, pero era para demostrar mejor su condición exclusivamente humana y deslizar el veneno de la impiedad con más fruto. El libro estaba atestado de patrañas. «El cristianismo, decía, es un fenómeno histórico, y como tal debe ser estudiado históricamente.» Esto era evidentemente absurdo, porque el cristianismo significa la redención del género humano por el Hijo de Dios; es la revelación de la verdad divina. El autor pedía que se examinasen los relatos de los Evangelios mediante los mismos principios con que se juzga cualquiera otra tradición, que no se impusieran de antemano a la crítica los resultados y se la dejase libre de hipótesis preconcebidas. Esto era otro absurdo, porque ¿cómo hemos de aplicar a la fe, a la palabra de Dios, los mismos principios que a los hechos y a las palabras de los hombres? De este modo iba respondiendo uno por uno a los argumentos del autor racionalista, y deshaciéndolos.

Preocupado con esta discusión interior y ganoso de exteriorizarla, como acaece con todo lo que llena y embaraza nuestro espíritu, se aventuró a hacer otra visita al mayorazgo de Montesinos. Esta vez le recibió muy bien, con exquisita amabilidad, como si le remordiese la conciencia de su grosería pasada. Hablaron de cosas indiferentes. Montesinos tuvo ocasión de manifestarle que tenía muy buenas noticias de su carácter, que conocía las virtudes que le adornaban. El P. Gil se ruborizó con estos elogios y respondió, sonriendo tristemente, que lo que quisiera en aquel momento era tener mucho talento y mucha ciencia para convencerle de la verdad de la revelación. «¿De cuál revelación?—le había preguntado el hidalgo sonriendo también con benevolencia.—¿Cómo de cuál revelación?—Sí, ¿de cuál? porque hay varias: los cristianos, los buddhistas, los mahometanos, los judíos, todos creen su religión revelada por Dios.—Hablo de la única verdadera, de la revelación de Nuestro Señor Jesucristo.—¿Y en qué se funda usted para creer que ésa es verdadera y las otras falsas?—En que las otras están llenas de cosas monstruosas, irracionales—respondió imperiosamente el clérigo,—en que sólo la religión del Crucificado llena todas las aspiraciones de nuestro sentimiento y nuestra razón.—¡Tenga usted cuidado, señor excusador!—exclamó el mayorazgo soltando una alegre carcajada—que está usted haciendo depender la verdad revelada del aserto de la razón, que está usted proclamando la supremacía de ésta, lo cual es una proposición herética.—¿Cómo? ¿cómo?—preguntó aturdido el sacerdote.» Pero Montesinos cambió la conversación bruscamente. No se atrevió a insistir.