D. Peregrín había llegado, según costumbre, de los últimos. Y si la tertulia no advirtió en la mayor estridencia de sus bufidos nasales, en su parpadear infinitamente más solemne y en la grave manera de poner una pierna sobre otra y echarse hacia atrás que algo importante, importantísimo, tenía que comunicar, fue que no quiso advertirlo. Aguardó pacientemente, como todos los hombres seguros del éxito, a que hubiese una pausa, y cuando llegó, profirió con su voz gangosa, penetrante, encarándose con el ama de la casa:

—¿A que no sabe usted a quién acabo de ver entrar en casa de su hermano, en compañía del excusador?

A Obdulia le dio un salto tan recio el corazón, que pensó caer al suelo. Los demás, incluso D.ª Eloisa, alzaron la cabeza con curiosidad.

—¿Quién era?

—Su cuñada Joaquina—gritó más que dijo el ex-gobernador interino de Tarragona, como si anunciara el juicio final.

Profundo estupor en toda la tertulia.

—¡Mi cuñada!—exclamó.

—Su misma cuñada—confirmó D. Peregrín con trompeteo horrísono.

—¡No puede ser!—dijo D.ª Eloisa.

—¡No puede ser!—exclamó su marido, suspendiendo el juego.