—¡No puede ser!—repitió D.ª Serafina Barrado.
El ex-gobernador de Tarragona dejó escapar por la nariz algunos resoplidos fragorosos, como una locomotora que desaloja el vapor sobrante, y repuso:
—¿Creen ustedes, señores, que no tengo ojos en la cara?
Esta pregunta trascendental, acompañada del adecuado fruncimiento de cejas, produjo bastante impresión entre los interruptores.
—Bien pudo usted haberse equivocado—dijo el inválido.
—¡Es tan fácil!—exclamó D.ª Eloisa.
—La he visto como les veo a ustedes ahora, a tres pasos de distancia. Venía yo de hablar con el sacristán para la cuestión del aniversario de mi señor padre, cuando al embocar la calle del Cuadrante veo al P. Gil con una señora que me pareció forastera. Quise saber quién era, y me detuve un poco cerca del farol, ocultándome detrás del quicio de una puerta. Era Joaquinita, sin duda alguna. Esperé un poco y los seguí con la vista hasta que entraron en casa de Montesinos.
—Pero ¿usted la conoce bien?—preguntó el P. Narciso.
—Lo mismo que a usted.
—Peregrín, debes tener presente que no le has hecho más que una visita en Madrid, y por la noche, según me has dicho—apuntó tímidamente D. Juan.