La noticia había producido sensación en todos. Pocos eran los que conocían allí a la esposa de Montesinos, aunque nadie ignoraba los incidentes del drama conyugal que había retraído al mayorazgo a Peñascosa. Pero lo que en los extraños era pura curiosidad, en la buena de doña Eloisa se ofreció, como es lógico, con la apariencia de viva y honda emoción. Quiso desde luego salir a saber lo que pasaba en casa de su hermano, quiso después que fuese su marido, quiso enviar un criado. A todo se opuso D. Martín que, viendo las cosas con más frialdad, comprendía que cualquier paso de éstos en aquel instante era inoportuno. La conversación se animó extremadamente, hasta el punto de que los tresillistas suspendieron el juego y tomaron parte en ella. Los comentarios que se hicieron, infinitos. Se forjaron mil hipótesis sobre el caso. Unos opinaban que la esposa, arrepentida, venía a pedir perdón a su marido, otros que hacía el viaje tan sólo para reclamar de él alimentos, otros que su intento era entablar la demanda para formalizar el divorcio, otros que el marido la había llamado, no pudiendo desterrar de su corazón el amor que la profesaba (la mayoría del elemento femenino se inclinaba a esta suposición), otros que el P. Gil, motu proprio, había escrito a D.ª Joaquinita y había preparado la escena, a fin de que D. Álvaro la perdonase, otros que había persuadido a éste a que la llamase a Peñascosa. Ni faltaba tampoco quien supusiera que D. Álvaro y su esposa hacía tiempo que mantenían correspondencia, y que era ella quien resistía venir a visitarle hasta la hora presente.

—De todos modos, lo que no ofrece duda es que el P. Gil tiene una intervención muy principal en el asunto, y a él le pertenece la gloria de la reconciliación—dijo gravemente D. Narciso.

—Si la hay—repuso Consejero.

—La habrá—replicó el capellán.—La habrá, y aquí D. Martín tendrá quizá el gusto pronto de ver un sobrinito que le distraerá con sus travesuras y sus gracias.

D. Martín, a quien su alma de héroe no le quitaba de tener muchísimas ganas a la herencia del cuñado, cuya salud era endeble, arrugó las narices y murmuró groseramente:

—Me tiene sin cuidado.

—No lo creo; no puedo creerlo, D. Martín. A usted no puede menos de alegrarle que la noble casa de Montesinos no se extinga, que haya quien lleve honrosamente este apellido... Luego ha de parecer bien aquella casa tan grande con unos cuantos chicos que la alegren con sus risas y sus gritos. La obra del padre Gil es de las más meritorias que ha llevado a cabo, y eso que las ha hecho muy buenas.

Obdulia le clavó una mirada colérica; pero templándose súbito, repuso con sonrisa inocente:

—Usted no tiene nada que envidiarle, don Narciso. ¿Quién no recuerda en la villa los muchos matrimonios que por su mediación están hoy bien avenidos? Sin ir más lejos, todo el mundo sabe que D. Feliciano quería muy poco a D.ª Nieves... y ya ve usted, hoy están como dos pichones.

Este D. Feliciano era el marido que, según se decía en secreto, había roto una pierna al P. Narciso arrojándole por las escaleras.