Los circunstantes se miraron con inquietud. Hubo un silencio embarazoso. Consejero soltó la carcajada, y exclamó, poniendo una carta sobre la mesa, como si se refiriese al juego:

—¡Anda, vuelva usted por otra!

Todos comprendieron que se dirigía al padre Narciso, y esto aumentó la inquietud. El clérigo se puso colorado y murmuró:

—Gracias, gracias. Todos tenemos obligación...

—Usted va más allá de la obligación, padre... Muchas veces lo que usted hace es pura devoción—replicó la hija de Osuna con encantadora sencillez.

—¡Arrea!—volvió a exclamar Consejero, con la vista fija en las cartas.

—¿Qué es eso, D. Romualdo?—preguntó riendo D. Norberto.—¿Le ha tocado el tres de bastos?

—Sí, señor; pero me consuela que hay palos para todos.

—Pues yo no tengo ninguno—replicó el cándido presbítero.

—¡Otro los recibirá!