—Hacemos todos lo que podemos; pero no cabe duda que unos pueden más que otros. El P. Gil es un santo, es un apóstol de los primeros tiempos de la Iglesia. Ninguno de nosotros tiene la presunción de competir con él en celo ni en sabiduría—manifestó D. Joaquín, viniendo en socorro de su amigo, con una risita venenosa que haría saltar una piedra.
—En sabiduría puede que tenga usted razón, D. Joaquín—replicó vivamente Obdulia;—pero en celo, me parece que está usted en un error. Es usted demasiado modesto... No es por adularle, pero tratándose de celo, yo creo que es usted tan celoso como el primero, ¿verdad, doña Serafina?
Un gruñido de todo punto extraño se escapó en aquel momento de la garganta de Consejero, al cual siguió inmediatamente un violento golpe de tos que le dejó sin respiración por algunos segundos. D. Joaquín también sintió cierto picor en la garganta, que le obligó a toser volviendo la cabeza. D.ª Serafina no contestó a la pregunta, porque se distrajo hablando con D.ª Eloisa.
La conversación cambió de rumbo, como si tácitamente todos convinieran en que aquél era peligroso. Poco después cesó de ser general, y volvieron a formarse los grupitos de costumbre. D. Martín estaba malhumorado y disputaba a cada jugada. D.ª Eloisa hablaba tranquilamente del caso. Ninguno, por estupendo que fuese, conseguía alterar el sistema nervioso de la buena señora. Su interlocutora D.ª Serafina seguía dirigiendo frecuentes miraditas y sonrisas a su capellán; pero éste se había puesto repentinamente serio, cejijunto. Una nube de tristeza pasó también por la bella alma apasionada de la respetable viuda, y sus miradas comenzaron a ser tímidas, inquietas, llenas de muda reconvención.
Sonó la campanilla de la puerta. Nadie lo advirtió mas que el ama de la casa y Obdulia, cuyo rostro se cubrió de palidez. Clavó los ojos en la puerta con espanto, como si por ella fuese a entrar un aparecido: sus nervios se pusieron en tensión bajo una misteriosa influencia magnética. Un minuto después alzose la cortina y apareció la esbelta figura del P. Gil.
Todos los ojos se volvieron hacia él con expresión de curiosidad. La noticia de la llegada de Joaquinita los tenía sobresaltados: se anhelaba saber lo que había pasado. Pero antes de que nadie hablase ni el sacerdote diera paso alguno por la sala, Obdulia se levantó de la silla, avanzó precipitadamente a su encuentro y se dejó caer de rodillas a sus pies. Al mismo tiempo le tomó una mano y comenzó a imprimir en ella vivos y fuertes besos, mientras bañaban sus mejillas las lágrimas y le rompían el pecho los sollozos. El P. Gil quiso arrancarse a aquellas demostraciones, pero no pudo. La arrepentida doncella le tenía sujeto con las manos crispadas. Turbado hasta lo indecible, no supo decir más que...
—Obdulia, ¡cálmese usted... ¡Cálmese usted! ¡Cálmese usted, por Dios! ¡Levántese usted!... ¡Levántese usted, por Dios!...
Su faz blanca, nacarada, estaba cubierta de vivo rubor. Un soplo de emoción delicada y mística corrió por toda la tertulia. Algunas jóvenes también se ruborizaron. Los clérigos se miraron unos a otros. Consejero, después de echar una mirada socarrona de absoluta indiferencia al grupo, convirtió de nuevo la vista a los naipes y murmuró:
—¡El Redentor y la Magdalena!
Pero Obdulia soltó al fin la mano del sacerdote y cayó al suelo, presa de un violento ataque de nervios. Entonces todas las señoras se precipitaron hacia ella y le prodigaron los cuidados de costumbre. Porque escenas semejantes e idénticos ataques se producían a menudo en aquella tertulia de vírgenes nerviosas y viudas místicas. Salieron a relucir los pomos, los frascos de antiespasmódico. Un olor penetrante de éter se esparció en seguida por la estancia.