VIII

«La distinción entre las llamadas naturaleza orgánica e inorgánica es completamente arbitraria. La fuerza vital, como vulgarmente se la concibe, es una quimera. La materia en que reside la vida nada tiene de especial. No existe en los cuerpos orgánicos ningún elemento fundamental que no se encuentre ya en la naturaleza inorgánica: la sola cosa especial es el movimiento de esta materia. La vida no es más que un modo particular más complicado de la mecánica: una porción de la materia total pasa de tiempo en tiempo de su curso habitual a otras combinaciones químicas y orgánicas; después que ha permanecido en ellas un cierto período vuelve al movimiento general.»

El P. Gil leía con profunda emoción estas y otras análogas proposiciones en un libro que había sacado de la biblioteca de D. Álvaro. Después que hizo un auto de fe con los libros históricos de éste, referentes a los orígenes del cristianismo, estuvo mucho tiempo sin tomar siquiera en las manos ningún otro de su biblioteca. Continuaba visitando al mayorazgo de vez en cuando, pero huía de toda conversación metafísica. La salud de D. Álvaro empeoraba a ojos vistas desde la llegada y súbita partida de su esposa. Su tristeza, su estado miserable le inspiraban cada día más compasión. El horror que antes sentía hacia él había desaparecido. Por encima de las diferencias religiosas y filosóficas, de la oposición de inteligencia y carácter asomaba briosamente el amor a la humanidad que latía en el corazón profundamente cristiano del joven sacerdote. D. Álvaro era un hermano que padecía. Ante esta consideración, todas las demás ceden en las almas donde ha soplado el espíritu del sublime Nazareno. Pero D. Álvaro tampoco era el malvado diabólico, que se había representado en los primeros días que le conoció. A ratos lo parecía. Un demonio hablaba y reía por su boca en ocasiones, maldiciendo de Dios y de los hombres. En otras, sin embargo, mostrábase dulce, afectuoso, compasivo, y hablaba con tal inocencia que parecía estar oyendo a un niño. Aunque se defendiese contra ella, el P. Gil no podía menos de sentir cada día más afición a este desgraciado.

Una mañana departían los dos en el gabinete de la torre que servía de despacho y biblioteca. D. Álvaro había pasado toda la noche tosiendo. Estaba fatigado, molido. Al cabo de un rato cerró los ojos y se quedó traspuesto en la butaca. El P. Gil ni creyó bueno el despertarle para despedirse, ni se atrevió a marcharse sin hacerlo. En esta incertidumbre, se puso a hojear algunos libros que andaban esparcidos sobre la mesa. Tropezaron sus ojos con uno de geografía, y leyó distraídamente algunos párrafos. Al cabo la lectura logró interesarle. El autor describía pintorescamente algunas comarcas desconocidas y ciertos fenómenos de la mar muy curiosos. La instrucción del P. Gil en las ciencias naturales era limitadísima. En el seminario de Lancia ocupaban éstas un lugar muy secundario: apenas si se les exigía a los alumnos algunas nociones insignificantes de física, química e historia natural. Además, siempre les había profesado cierto desprecio inculcado por el rector su maestro; el desprecio que los ascetas sienten hacia todo lo que se relaciona con la materia. Así que tales descripciones le cogían de nuevas. El libro era célebre en el mundo científico; había oído hablar de él; pero nunca cayera en sus manos hasta entonces. Titulábase Cosmos; su autor, Alejandro Humboldt. Cuando D. Álvaro abrió los ojos al fin y le vio enfrascado en la lectura, le preguntó sonriendo:

—¿Le interesa a usted ese libro, padre?

—Muchísimo.

—Pues lléveselo usted... Llévese usted el primer tomo, que ése es el segundo.

Y levantándose y sacándolo de uno de los armarios, se lo presentó al sacerdote. Este vaciló en tomarlo.

—¿Está condenado por la Iglesia?

—No lo creo—replicó sonriendo el hidalgo.—Es un libro puramente expositivo, sin intención alguna polémica.