En esta confianza se llevó a su casa el tomo primero y se puso con afán a leerlo. Comenzaba con una descripción elocuentísima del mundo sideral, del panorama de las grandezas celestes. El autor desenvolvía con pluma vigorosa el mecanismo inmenso de los cuerpos que giran en el espacio. Ante su vista asombrada pasaron mundos tras mundos, sistemas tras sistemas en la sucesión sin fin de los universos estrellados, globos inmensos volando en rápido torbellino sobre sí mismos, lanzados a toda velocidad en los desiertos del vacío. ¡Qué velocidad, eterno Dios! Una bala de cañón es una tortuga en comparación con ellos. Estos globos, millares y millones de veces más grandes que nuestra tierra, caminan centenares de miles de leguas por día. Bajo la acción irresistible de fuerzas colosales, misteriosas, son arrebatados por el espacio con la rapidez del relámpago. Y todos ellos son mundos donde palpita la vida con eterna y maravillosa fecundidad: en la combinación misma de sus movimientos hallan la renovación de su juventud y belleza: son otros tantos soles que esparcen y trasmiten como el nuestro a otras tierras que los acompañan su luz y su vida. En ellos también se alzan las montañas hermosas coronadas de nieve, también suspira el viento en los bosques y se retratan sus paisajes en los lagos silenciosos; también se despliega en su superficie la inmensidad de los océanos, agitados, turbulentos unas veces, otras serenos, iluminados por los resplandores de la luz crepuscular; también se sufre, también se goza, también se lucha, también se ama... Y todas estas moradas del espacio navegan al través del océano celeste sin temor a los escollos, a los choques o a las tempestades, sostenidos y guiados por una fuerza invisible que jamás se equivoca. Más allá de esos millares de astros, que percibimos a simple vista, hay cien millones que percibimos con el telescopio; más allá de esos cien millones hay otros millones de millones más, que recorren la inmensidad con celeridades aterradoras. Eso que nos aparece como un poco de polvo blanco, como leve imperceptible vapor, es una nebulosa: millones de soles tan grandes y mayores que el nuestro la forman, escoltados por una legión de planetas y satélites que respiran y beben su aliento. Y esta nebulosa no es más que una provincia del éter. Más allá hay otras, y otras, hasta el infinito.
Ante esos movimientos inconcebibles que arrastran por los desiertos infinitos a millares y millares de soles; ante esa colosal catarata, esa lluvia de estrellas que rueda sin cesar por los abismos del espacio; ante esas órbitas inconmensurables; ante esas distancias y velocidades donde la imaginación se pierde, descritas con la firmeza de un sabio y el fuego de un poeta por el barón de Humboldt, el joven presbítero se sintió acometido de un vértigo. Sujetose las sienes con las manos y estuvo largo rato con los ojos cerrados. Al abrirlos, percibió las mejillas húmedas. Algunas lágrimas se habían deslizado entre sus pestañas.
Una melancolía profunda invadió su alma. ¿Por qué? ¿Todas aquellas maravillas no pregonaban la grandeza del Creador? Sin duda; mas a pesar de esto, el desconsuelo le ahogaba, como el hombre que repentinamente se ve perdido enmedio del océano. Estaba acostumbrado a medir su insignificancia en el orden moral, su maldad y perversión comparadas con la bondad infinita de Dios. Pero nunca había visto de modo tan evidente lo ínfimo y microscópico de su naturaleza. La tierra que habitamos le pareció un pobre globo ridículo navegando por el espacio sin ser notado ni sentido de nadie. Las guerras, las grandes catástrofes y trasformaciones históricas que en ella se efectúan, cosas tan despreciables y risibles como las luchas de los seres que habitan una gota de agua. Y lo que era peor, Jesucristo, cuya figura, aun en sus momentos de duda, se le aparecía elevada siempre y majestuosa, se presentaba ahora a su imaginación como un grano de polvo; la historia de la Redención, tan insignificante como la caída de una hoja.
Quiso penetrar más en el estudio de la Naturaleza. Después del Cosmos leyó otra porción de libros de astronomía, de física, de geología. Poco a poco se acostumbró a ver en los fenómenos naturales el resultado de la actividad de las fuerzas inherentes a la materia. El mundo pudo haberse formado, sin la intervención de una Inteligencia, por la sola acción de las leyes naturales. La antigua idea de un Arquitecto inteligente, de un inspirador personal de los instintos se fue debilitando en su espíritu. Y cuando menos lo imaginaba comenzó a dudar de la existencia de un Dios personal separado del Universo. El acto de la creación lo encontraba inconcebible, absurdo. En todas partes veía la acción de una fuerza constante que opera según leyes fatales, no la de un Dios que puede obrar por capricho, cuya voluntad es capaz de contrarrestar estas leyes.
La idea era aterradora. El P. Gil hacía esfuerzos desesperados por arrojarla de su cerebro, aunque inútilmente. Cayó de nuevo en aquel estado angustioso de duda en que le dejaran los libros de exegesis bíblica, mucho más angustioso y miserable porque se veía lanzado en pleno materialismo, lejos de la idea de Dios y de la inmortalidad. Luchaba bravamente procurando representarse a todas horas las verdades sublimes de la religión, la idea de un Dios padre de las almas, arquitecto y director del Universo, a quien ofenden nuestros pecados, a quien ablandan nuestras súplicas y nuestras lágrimas; se agarraba con toda su alma a estas firmes doctrinas; estaba un día entero unido con fervoroso anhelo a ellas; pero cuando más descuidado se hallaba, un pensamiento impío, fatal, caía en su cerebro y lo volvía todo del revés. La idea del Dios personal separado del Universo le parecía un absurdo, porque Dios no sería entonces infinito, pues que estaba limitado por el mundo; la creencia de que nuestras oraciones pueden alterar el curso de las leyes naturales, un cuento de viejas para engañar a los niños; la religión, en conjunto, una serie de mitos, más o menos ingeniosos y bellos, creados por la fantasía viva, pero infantil aún de los hombres. Cuando esto le pasaba, el P. Gil se mesaba los cabellos y se mordía las manos; metía la frente por la almohada, a ver si lograba paralizar su pensamiento. Se horrorizaba de sí mismo.
Después del lamentable suceso que privó a D. Miguel de licencias para confesar y decir misa, quedó él al frente de la parroquia. Y aunque poco después se rehabilitó al párroco, el obispo no quiso que apacentase otra vez las ovejas de Peñascosa. No le privó del curato (que esto no podía hacerlo), pero le puso un coadjutor para desempeñarlo. Se encomendó este cargo interinamente al P. Gil, en espera del nombramiento definitivo. Todo el peso y la responsabilidad de la cura de almas de Peñascosa vino a recaer, pues, sobre nuestro presbítero en los momentos en que más necesitaba él que curasen la suya, lacerada por la duda. El trabajo de velar por los intereses de la religión, de mantener viva en aquel pueblo la antorcha de la fe, que era para él antes un manantial de puros goces, se le hizo molestísimo, odioso; se convirtió en un tormento. ¿Con qué derecho subía a la cátedra del Espíritu Santo a exponer la divina palabra, o escuchaba en el confesonario los pecados del creyente, o elevaba en el altar la sagrada Hostia, él, que dudaba si las palabras del Evangelio fueron o no pronunciadas por Jesús, si la confesión auricular era ley divina o una institución creada en interés de la hierocracia, si el sacramento de la Eucaristía encerraba una verdad sublime o era una reminiscencia de los símbolos y misterios de las religiones del Oriente?
Muchas tardes, agobiado por sus pensamientos, salía de casa y recorría a paso largo las orillas solitarias de la mar. La brisa le refrescaba las sienes, la vista del océano calmaba la fiebre de su cerebro. Sentábase en un peñasco batido por las olas, y permanecía horas enteras con los ojos extáticos clavados en el horizonte. La belleza imponente de aquel espectáculo no lograba cautivarle. Ni el clamor de las olas, ni su cambiante manto de ópalo y plata y zafiro, ni los hermosos celajes abrasados por los rayos del sol moribundo serenaban jamás por completo su frente. La misma arruga dolorosa la cruzaba siempre, la misma fatal interrogación se leía constantemente en ella. ¿En esta agitación eterna de las aguas hay algo más que una fuerza ciega empujando los átomos unos contra otros? ¿La luz hermosa que reverbera en el horizonte es algo más que una vibración de la materia? Ese pájaro que hiende los aires y se precipita en el agua para atrapar un desdichado pez y devorarlo, ¿qué misterio guarda dentro de su organismo? ¿Yo mismo soy otra cosa más que una expresión individual de la fuerza que anima a todos los seres del Universo?
Pero cuando estos pensamientos, horribles siempre, le apretaban como las cuerdas de un potro, se le hacían irresistibles, era cuando le acometían al tiempo de ejercer alguna función de su sagrado ministerio. Si al celebrar el santo sacrificio de la misa o dar la absolución a un penitente cruzaba por su espíritu una de estas ideas negras, sentía la misma impresión que si le atenazasen el cerebro con un hierro candente, le asaltaba una congoja que le dejaba paralizado. Pensaba morirse. Lo deseaba ardientemente por librarse de aquel suplicio.
Un día le avisaron para llevar el Viático a un caserío próximo a la villa. Como era preciso caminar algún tiempo a campo traviesa, fue sin campanilla ni convocar a los fieles. Salió solo con el sacristán, la bolsa de los corporales colgada al cuello y en ella la Sagrada Forma. El camino ceñía a trechos la orilla de la mar. Fascinado como siempre por la inmensidad del océano, distrajo su atención del misterio inefable que llevaba sobre su pecho, dejó de balbucir oraciones y entregó su pensamiento a las mismas meditaciones que noche y día le embargaban hacía tiempo. Los rayos del sol desparramados sobre los cristales del agua le impulsaron a considerar la acción suprema, omnipotente de este astro sobre la vida terrestre. Él es quien la ha creado, quien la sostiene, quien la renueva. La flor le debe su perfume, la fiera su agilidad y su instinto sanguinario, nuestra alma sus impresiones más dulces o terribles. El sol es el padre de todo, del amor y del odio. Consideró después que la vida no es más que un dinamismo inmenso en cuyo seno se trasforman las fuerzas formidables de la física y de la química. Todos los seres de la tierra, hombres, animales, plantas, están íntimamente ligados. La vida de todos ellos es una misma, y esta vida universal no es otra cosa que un incesante cambio de materias. Un movimiento universal arrastra a los átomos, como a los mundos. Mil ondulaciones se entrecruzan en la atmósfera, mil fuerzas se combinan, el calor y la luz, la afinidad y el magnetismo se unen en los misterios del mundo vegetal y mineral. Todos los seres están constituidos de las mismas moléculas, que pasan sucesiva e indiferentemente de uno a otro, de modo que nada les pertenece en propiedad. Nuestro cuerpo se renueva de tal modo que al cabo de cierto tiempo no poseemos ya un solo gramo del cuerpo material que poseíamos antes. Este movimiento de renovación se opera en cada uno de los animales, en cada una de las plantas. Los millones de seres que habitan la superficie del globo viven en mutuo cambio de organismos. La molécula de oxígeno que ahora respiro fue ayer respirada por uno de estos árboles que bordan el camino. La molécula de carbono que arde en uno de estos montoncitos de hoja seca que sirven para abonar la tierra, quizá haya ardido ayer en los pulmones de un héroe. Quizá en una de esas conchas de ostras que yacen adheridas a estas peñas se esconda el fósforo que formaba las fibras más preciosas del cerebro de Jesucristo...
Sintió dentro de su ser algo que se desgarra y cae. Había olvidado por completo que llevaba consigo el cuerpo divino del Redentor. Le pareció una cosa tan extraña, tan fuera de la realidad eterna que veía y palpaba, que imaginó estar soñando. Y sin saber de qué antro oscuro de su ser venían, le acometieron unas ganas feroces, impías, de soltar la carcajada. ¿Qué comedia era aquélla? Un poco de harina amasada y tostada ayer por el ama de D. Miguel se trasformó por arte mágico en la persona de Jesucristo, un ser que desapareció de entre los vivos hace diez y nueve siglos. ¿Esas leyes soberanas, sublimes de la Naturaleza, quedarán violadas porque unos cuantos insectos de este microscópico planeta reunidos en concilio lo decreten? Separó los ojos del mar y los fijó en el sacristán, que corría delante silbando a su perro, que se escapaba detrás de unas gallinas. ¡Qué reverencia la de aquel hombre, llevando a su lado al Dios de los cielos, al Creador de todas las cosas! Y la carcajada subía del pecho cada vez con más ímpetu, llegaba a la garganta, tocaba en los labios, estaba a punto de estallar. Un extraño temblor le hizo dar diente con diente; sintió la frente bañada por un sudor frío; se le turbó repentinamente la vista, y cayó al suelo sin conocimiento. Cuando lo recobró, estaba en brazos del sacristán y dos o tres labriegos que por allí andaban. Le habían bañado la cara con agua fría, le abrieron la sotana y le quitaron el alzacuello. Uno le echaba el humo del cigarro a la nariz. La bolsa de los corporales con el cuerpo del divino Redentor yacía sobre la paredilla de un prado. El P. Gil se apresuró a recogerla, se la colgó de nuevo al cuello, y después de orar un instante hincado de rodillas, siguió su camino sin separar los ojos del suelo.