IX

Su confesor, hasta que le retiraron las licencias, había sido D. Miguel. Se confesaban mutuamente, como acontece entre los clérigos. Con él fue con quien comunicó primero sus dudas. El viejo cabecilla quedó más sorprendido que escandalizado de ellas. Le parecían cosa tan insustancial que no merecía la pena de fijar mucho tiempo la atención. Los dogmas eran para él como las leyes físicas de la gravedad, la impenetrabilidad, etc. Se contaba con ellos sin pensar en su existencia. Todo el drama conmovedor de la pasión y muerte de Jesús lo miraba el párroco de Peñascosa en el fondo como una especie de romanticismo que sirve de acompañamiento obligado a la verdadera religión. Ésta consistía en la misa, los responsos, el rezo del día, el rosario, la abstinencia de carne en los días de vigilia, y sobre todo en los derechos parroquiales, que tal vez juzgaba simultáneos con el acto de la Creación. No se paraba, pues, en analizar y desvanecer las dudas de su excusador. «Anda adelante.—No hagas caso.—¡Pataratadas!—Déjate estar.—¡Otra te pego!—¿Cómo no había de resucitar al tercero día, majadero? ¿No ves que lo dice San Juan y San Mateo y San Marcos?» Éstos eran los consuelos que ordinariamente le prodigaba.

Nuestro sacerdote unas veces se entristecía con ellos, pero otras se confortaba pensando que no debía de estar tan condenado y maldito cuando D. Miguel tomaba sus terribles dudas con tanta calma. Cuando a éste le retiraron las licencias no tuvo más remedio que buscar otro confesor. Convencido de la hostilidad con que le miraban D. Narciso, D. Melchor y D. Joaquín, no quiso desahogar con ninguno de ellos su conciencia, aunque bien sabía que en el tribunal de la penitencia nada tienen que hacer las simpatías o las antipatías. Fue a dar con un joven capellán, más joven aún que él, recién llegado del seminario. Era hijo de un carpintero de la villa, tan tímido y encogido que apenas sabía saludar, feliz de verse elevado sobre su antigua condición, tributando un respeto sin límites a todas las grandezas del cielo y a todas las pequeñeces de la tierra. Éste quedó vivamente impresionado con la confesión del P. Gil, y desde luego trató de convencerle de que todo aquello venía del demonio y que no había otro remedio más que ponerle la cruz y darse buenas disciplinas, rezar y ayunar mucho. Por espíritu de humildad y obediencia, el excusador hizo lo que su confesor le mandaba, secretamente persuadido, sin embargo, de que no adelantaría nada. Ya antes había intentado estos medios, sin resultado. Las dudas seguían atormentándole; se le ofrecían cada vez más crueles, más imponentes. El tímido capellán pasaba un rato muy amargo cada vez que le confesaba; temblaba y se azoraba como si le sucediese una desgracia: tanto padecía y tales temores le asaltaban, no se sabe de qué, que poco a poco fue excusándose de oírle en confesión y concluyó por negarse en absoluto.

Entonces se le ocurrió ir a ver a D. Restituto, párroco de una de las aldeas inmediatas a Peñascosa, hombre que pasaba entre sus compañeros por avisado, prudente y aficionado a los libros. Decíase que tenía una gran biblioteca y que en su juventud había hecho en Lancia ejercicios brillantísimos a una de las prebendas de la catedral, y que no se la dieron porque el obispo la tenía reservada para un sobrino. Don Restituto, herido por la injusticia se había retirado a aquel curato rural, y nunca más quiso salir de él para intentar nueva contienda. Si continuó dedicado al estudio de la teología o pagó en ella el desaire que había recibido, no se sabe con certeza. Gustábale, sí, cuando alguna fiesta o funeral le reunía con sus compañeros, mostrar erudición y excederles en ingenio y sutileza para defender cualquier proposición; pero los curas de las parroquias inmediatas todos eran moralistas, esto es, ninguno había estudiado la carrera lata de teología más que él. Pocas gracias que los arrollase en las disputas de sobremesa. Por lo demás, D. Restituto llevaba tanta labranza y estaba tan interesado en ella, que no debía de tener mucho tiempo, ni humor tampoco, para profundizar en la Dogmática ni en la Patrología.

Nuestro acongojado presbítero salió una tarde, después de comer, y encaminó sus pasos hacia la aldea donde moraba el teólogo. Le conocía bastante, pero no le trataba con intimidad. Estaba apartada la aldea como media legua. El camino era vario y pintoresco: callejas estrechas con altos setos de zarzal, trozos de bosque, vereditas entre maizales y senderos al través de los prados. A la entrada de una garganta, sobre una vega de maíz y teniendo detrás algunas praderas deliciosas, estaba asentado el principal caserío de la parroquia. La iglesia y la casa rectoral estaban un buen trecho más allá, en una angostura sombría y húmeda. Todo dormía en el silencio más completo cuando el joven sacerdote llegó. Las gallinas picoteaban en la calle delante de la casa; un gato rabón se lavaba la cara sentado sobre la paredilla de la huerta, y un mastín desorejado dormía de bruces sobre la tabla del hórreo vecino de la casa. Este mastín fue el encargado de romper la paz de aquel paraje, alzándose iracundo contra el advenedizo, ladrando con un grito ronco, apagado, testimonio de su decrepitud. El P. Gil detuvo el paso, y comenzó a decir en tono dulce y persuasivo:

—¡Toma, toma! ¡Quis, quis!

¡Que si quieres! El mastín, viendo al recién llegado achicarse, se creció horriblemente. ¡Guau, guau! gritó, buscando el registro más feroz y amenazador que pudo hallar en su pecho. Al mismo tiempo clavaba una mirada de exterminio en el presbítero y avanzaba, aunque con cierta cautela, hacia él. Éste, aterrado por aquellos ladridos salvajes, dio tres o cuatro pasos atrás y extendió el brazo con el paraguas, que traía para quitarse el sol, hacia adelante. «¡Paraguas! El recurso de los cobardes,» debió pensar el mastín. Y se encrespó de tal modo ante aquel ultraje, que no lo hubiera pasado bien el clérigo a no salir a la puerta una vieja chillando:

—¡Cuco! ¡Cuco! ¡Aquí, Cuco! ¡Fuera, Cuco! ¡Maldito perro! ¡Aquí!... ¡Aquí! ¡Ven aquí!

El perro vaciló un instante, dejó de ladrar y mostró bastante claramente la resolución de volverse otra vez a dormir como si no hubiera pasado nada; pero la vieja no se dio por satisfecha; exigía un acto de sumisión.

—¡Aquí, Cuco! ¡Aquí, ahora mismo!