El Cuco bajó la cabeza humildemente y emprendió hacia ella una marcha lenta, penosísima, como si el camino estuviera erizado de peligros.

—¡Aquí! ¡Venga usted aquí!

«Me trata de usted, ¡malísimo!» se dijo el perro, a quien no hacían efecto las pompas y vanidades. Y avanzó con mayores precauciones aún, asegurando bien la pezuña a cada paso que daba, meneando el rabo de un modo vertiginoso.

—¡Aquí! ¡Aquí!—seguía gritando la vieja.

Por fin, a una velocidad máxima de seis pasos por minuto, llegó el Cuco a su destino. La vieja le cogió por la parte de oreja que le quedaba y dio tres o cuatro tirones con fuerza. El perro lanzó un aullido de dolor. Luego le cogió por la otra, y otros tantos tirones. Mayor y más triste aullido aún. Cumplidos sus deberes con la justicia de la tierra, el mastín se retrajo de nuevo hacia la tabla del hórreo, no sin lanzar por lo bajo algunas imprecaciones y blasfemias. Esta escena se repetía unas cuantas veces al día, siempre que alguna persona sospechosa, como ahora, llegaba con propósitos hostiles a la rectoral. El Cuco deploraba en su fuero interno que no le hubieran rapado mejor las orejas.

—Buenas tardes, D. Gil—dijo la vieja, cambiando súbito la expresión colérica por otra sonriente, melosísima, dando muestras de que le conocía.

El P. Gil, a quien no sucedía otro tanto, respondió muy cortésmente y preguntó por D. Restituto.

—El señor cura debe de estar hacia el establo. Pase usted, D. Gil. Iré a llamarlo.

—No hay necesidad: yo mismo iré a buscarlo. ¿El establo está aquí?...

—Sí, señor; aquí detrás de la casa.