Dio la vuelta a toda ella el sacerdote, subió algunos pasos por una calleja sucia, y se encontró con una misérrima fábrica hecha de piedras del río sin labrar apenas, con una puerta desvencijada. Estaba cerrada, y a nadie vio por allí delante. Iba a dejar aquel sitio y volverse a la casa, cuando detrás del establo oyó ruido de voces. Fuese hacia allá, y halló, en efecto, a don Restituto, sorprendiéndose no poco del traje y la situación en que se le apareció.

El anciano cura vestía unos calzones anchos de pana, remendados, como los que gastan los paisanos por aquella tierra; traía en los pies almadreñas con escarpines de paño burdo, chaqueta lustrosa por el uso, y camisa de lienzo hilado por el ama, sin alzacuello ni cosa que lo valga. Era el traje de un labrador, sin quitar ni poner nada. Pero lo que hacía verdaderamente peregrino y estrafalario el atavío es que en la cabeza traía un bonete viejo y grasiento.

El P. Gil quedó asombrado de aquella figura, y más asombrado, cuando advirtió la ocupación a que el párroco se entregaba. Estaba, con una rodilla hincada en tierra, desollando un becerro. Le ayudaba en la operación el criado. Tenían al animal extendido entre los dos, la mayor parte de él en carne viva ya. Volvió la cabeza D. Restituto al sentir pasos, y hallándose con su joven compañero, se puso en pie y vino hacia él con las manos ensangrentadas empuñando un enorme cuchillo.

—¿Qué milagro es éste, amigo? ¡El futuro cura de Peñascosa se digna hacernos una visita!... Mira, no te doy la mano, porque ya ves cómo la tengo. Bien de salud, ¿verdad?... Por aquí tampoco hay novedad.

D. Restituto trataba de tú, familiarmente, a todos los clérigos más jóvenes que él desde la primera entrevista. Cuando Gil le hubo explicado el motivo de su viaje, mostró cierta extrañeza, pero se apresuró a responderle:

—Bueno, bueno. Yo voy a concluir en seguida. Vete a casa, y espérame.

Pero el joven manifestó deseos de ir a la iglesia.

—¿A la iglesia?—dijo sorprendido. Entre ellos era costumbre confesarse en casa.—Está bien. No hay inconveniente. Pide al ama la llave, y espérame allí. No tardaré.

¡Pluguiera a Dios que hubiese tardado más! Y sobre todo, pluguiérale que hubiera tenido tiempo a lavarse bien. Porque el teólogo despedía de sí un vaho de matadero que derribaba. Mientras duró la confesión, y duró bastante, el P. Gil apenas pudo pensar en otra cosa. Sentíase asfixiado por aquel olor nauseabundo; acudíanle unas congojas y sudores que estuvieron a punto varias veces de privarle del sentido. Don Restituto sintió verdadera satisfacción en poder sacar a relucir su antigua batería de proposiciones teológicas. A cada duda que su atribulado penitente le ofrecía, contestaba victoriosamente con un texto latino. Como el veterano descuelga con gozo sus armas a la señal de guerra, así el viejo opositor a la lectoralía de Lancia descolgó de su memoria los textos enmohecidos ya de Perronne y de Balmes. ¿Cómo dudar de la inmortalidad del alma, cuando ésta es una cosa simple, y las cosas simples no pueden descomponerse? ¿Quién se atreve a imaginar que la Iglesia católica puede algún día perecer, cuando están ahí sangrando las palabras de Jesucristo: «Las puertas del infierno no prevalecerán (non prœvalebunt?)» ¿Cómo se ha de dar más crédito a la palabra de los hombres que a la de Dios? Pues qué, ¿la Divina Sabiduría no ha dicho: «Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio a la verdad?» Y este testimonio ¿no está bien claro y bien patente en las obras visibles que exceden al poder natural, por ejemplo, en la curación de los enfermos, en la resurrección de los muertos y en otros admirables milagros llevados a cabo por Nuestro Señor Jesucristo y por los Santos Apóstoles?

El P. Gil recibió la absolución, prometiendo no ser más demente ni idiota; así juzgaba don Restituto al que dudaba de las verdades reveladas por angélico ministerio. Poco después de besar aquella mano no bien purgada de la sangre del becerro, y cuando se hubo levantado para rezar ante un altar la penitencia, nuestro presbítero se sintió indispuesto. Tuvo que salir inmediatamente de la iglesia, acometido de violentas náuseas. En el pórtico devolvió toda la comida. Llevole a casa el cura, y quiso curarle con una taza de salvia, remedio supremo que empleaba contra todas las dolencias que afligen al género humano; pero su joven compañero, que sabía a qué atenerse sobre su enfermedad, rehusó obstinadamente toda medicación. El párroco entonces pasó a mostrarle la huerta, en la cual tenía cifrado tanto orgullo como en la profundidad de sus conocimientos teológicos. Estaba llena de árboles frutales y legumbres. No se veía una flor ni un arbusto de adorno. Desde allí pasaron a un vasto prado, donde tenía unos cuantos operarios alzando pared. D. Restituto comenzó a darles instrucciones, aprobó algunas cosas, reprobó otras, olvidándose por completo de su huésped. Uno de los operarios le participó que el molino había parado porque el hijo de Cosme había desviado el agua más arriba para secar el cauce del riachuelo y pescar las anguilas. D. Restituto se enfureció y anunció su propósito de demandar a Cosme y pedirle indemnización de daños y perjuicios. De él no se burlaba nadie; estaba resuelto a hacer que se respetase su propiedad. Desde allí se corrieron a los maizales, y el párroco mostró a su compañero con extremado gozo el estado magnífico de las plantas. El agua había venido muy a tiempo, pero más que al agua se debía a la gran cantidad de abono que había echado.