—Tú dirás: ¿dónde podrá hacer D. Restituto tanto estiércol para una tierra como ésta, de quince días de bueyes? Voy a explicártelo. Yo, aunque tengo nueve cabezas de ganado, no podría abonar ni la mitad de la tierra que llevo. ¡Aquí del intelectus! En todas las parroquias, como tú sabes bien, hay una porción de pobretes, a los cuales no es posible sacarles un cuarto ni por bautizos ni por matrimonios ni por nada. Pues bien, a estas calamidades vivientes les obligo a echar de vez en cuando delante de sus casas (vulgo pocilgas) una buena cantidad de hoja seca o tojo. Con el agua y el paso de los transeúntes y el estiércol de las reses que cruzan se convierte al cabo de algún tiempo en abono. Cuando ya está bien podrido me lo traen y voy formando montón hasta que llega el tiempo de distribuirlo por la tierra. ¿Qué tal?
Desde allí saltaron a una heredad de prado. D. Restituto, en cuanto se vio en ella, dejó escapar una risita aguda y burlona, que hizo levantar la cabeza a su joven compañero y mirarle con curiosidad.
—Este es el prado del molino de abajo... el prado del molino de abajo, ya sabrás... ¿Cómo? ¿no sabes la historia de este prado? Pues ha corrido mucho por la villa... Pertenecía a los mansos de la parroquia, y había quedado trasconejado cuando la venta de todos ellos. Yo lo llevaba, y nadie en la parroquia se atrevía a denunciarlo. Pero había aquí un tabernero rico llamado Lino (que ya reventó, a Dios gracias, el año pasado), y este Lino le tenía muchas ganas al prado. Al fin dio el soplo en la administración, guardando la mano, porque no quería ponerse mal conmigo, y lo sacaron a subasta. Dos días antes de hacerse, vino por acá el muy hipócrita y me dijo: «Señor cura, voy a hacer postura al prado del molino de abajo, pero si usted lo quiere me quedo en casa.» El tunante trataba de sonsacarme la cantidad que yo pensaba ofrecer. «No, no lo quiero; puedes rematarlo cuando gustes,» le contesté. El hombre, viendo que yo no iba al remate, y sabiendo que ningún vecino estaba en situación de tirarle, se las prometía muy felices. Y mandó a Lancia a un primo hermano suyo. Pero a éste le fui a tropezar camino de Peñascosa, y le hablé muy al caso, representándole el pecado en que incurría rematando bienes de la Iglesia, le prometí darle en arriendo el prado, y le puse cuarenta duros en la mano. ¿Qué había de hacer el hombre? Fue a Lancia, lo remató y me lo traspasó a mí acto continuo... ¡Vaya una risa que se armó en el pueblo, amigo! Lino enfermó de rabia, y en cuanto se le presentó ocasión, que fue al cabo de dos meses, viniendo de una romería, le pegó una puñalada a su primo... ¡Pero, anda, que buenos cuartos le costó la tal puñaladita! No lo hizo con diez mil reales.
Como ya el sol declinaba, después de haberle enseñado un lagar, que acababa de construir para la sidra, D. Restituto llevó de nuevo a su penitente a casa y le convidó a chocolate. Pero el excusador no se sentía aún bien. Además tenía prisa. Rehusó todo convite y emprendió el camino de Peñascosa. El cura le acompañó un buen trecho.
Fuera ya de sus fincas y comprendiendo por el continente reflexivo del excusador de Peñascosa que su ánimo seguía embargado por pensamientos serios, D. Restituto quiso volver a la carga, aunque le pareciese sobradamente demostrado que todas las dudas de su compañero no eran más que bombas de jabón, las cuales deshace con un soplo cualquiera que haya saludado siquiera la Sagrada Teología.
—Debes fijarte, querido—le decía con protección ilimitada,—que las verdades de la fe no son contrarias a la razón, sino que están sobre ella. Lo contrario de lo verdadero, ¿qué es? Lo falso, ¿no es cierto? ¿Y cómo ha de tenerse por falso lo que está divinamente confirmado? Las cosas que sabemos por revelación divina no pueden ser contrarias al conocimiento natural, porque el conocimiento natural viene también de Dios, puesto que Dios es el autor de nuestra naturaleza. Porque exceda a la razón una cosa no debe reputarse contraria a ella. Así dice San Agustín que aquello que como verdad se demuestra por los libros santos, sea del Antiguo, sea del Nuevo Testamento, de ningún modo puede serle contrario. El entendimiento humano no puede llegar, naturalmente, a conocer la existencia de Dios, supuesto que nuestra inteligencia en el modo de la presente vida comienza su conocimiento por el sentido, y por lo tanto, las cosas que no caen bajo el sentido no pueden percibirse sino en cuanto por los sentidos puede colegirse su conocimiento...
La tarde estaba fría y apacible. La campiña se extendía debajo del cielo trasparente, reflejando con tonos verdes, claros, amarillentos, los rayos del sol que se ocultaba. El mar era una mancha azul allá a lo lejos. Los dos clérigos habían atravesado ya el caserío principal, donde las mujeres, sentadas a la puerta de casa, les daban las buenas tardes y los niños acudían a besarles la mano. Estaban en la región abierta, ligeramente ondulada, que caracteriza la costa en aquel país. El P. Gil, silencioso, caminaba con la cabeza baja, levantándola de vez en cuando para enderezar su mirada vaga, perdida, hacia lo lejos, a las tierras rojas y a las rocas peladas que festonaban la orilla del mar. El sol moría despidiendo su última llamarada, que enrojecía una parte del horizonte. Y de allí venía una leve brisa helada que coloreaba los dedos y la punta de la nariz, vigorizando los músculos y produciendo cosquilleo en los ojos. La campiña se preparaba a dormir, exhalaba un suspiro de bienestar, mezcla confusa de voces y mugidos, rechinar de carros, tañido de esquilas y rumor de olas, fundido todo y armonizado en la amplitud de la llanura ilimitada. El P. Gil se esforzaba en atender a los argumentos que su anciano compañero iba vertiendo con voz profunda y solemne. Eran los mismos que había estado oyendo durante siete años en las cátedras del seminario de Lancia.
Al dejar la senda y penetrar en una callejuela estrecha vieron llegar un hato de ganado avanzando lentamente. D. Restituto atajó su discurso teológico y se llevó la mano a los ojos a guisa de pantalla.
—Son mis vacas—dijo sordamente.
Y antes que llegasen se puso a gritar al criado que las conducía: