—¿Qué tiene la Parda, que cojea?
—Debió meterse una espina.
—Pues en cuanto llegue al corral la registras bien y se la sacas, ¿entiendes?... Es la mejor vaca que tengo—añadió por lo bajo, dirigiéndose a su compañero.
Y como ya estuviera entre ellas, el cura se acercó solícito, paternal, a la Parda y comenzó a acariciarle el testuz, bajando al mismo tiempo la cabeza, para mirarle las patas.
—¡To, Parda!... ¡to! ¡to!... Espina debe de ser, porque en las patas no veo nada. Después que se la saques la lavas bien con un poco de vino y romero... Di a Teresa que te lo prepare... Nacida y criada en casa, ¿sabes tú?—prosiguió volviéndose al excusador con la fisonomía enternecida.—Me daba D. Jovino, tu feligrés, sesenta duros por ella... ¡Como si me diera ochenta! Esta alhaja no sale de casa. ¡Qué anchura de pechos, eh? ¡Qué cuarto trasero! (Y se lo acariciaba blandamente con la palma de la mano.) No da mucha leche, pero toda es manteca... Esta otra también nació en casa... ¡Quieta, Guinda, quieta!... Es más torpe que la otra... Una novilla todavía... No hace quince días que ha parido por primera vez... Ésta se deshace en leche... ¡Repara, repara que ubre! ¡No puede andar con ella!... Cada chorro suelta como el dedo... Mira, mira... ¡Quieta, Guinda!...
Y bajándose tiró de una de las tetas al animal e hizo salir dos o tres chorros de leche que humedecieron el suelo. Al mismo tiempo volvió su faz, congestionada por la posición tanto como por el gozo, hacia el joven coadjutor. Éste sonrió por complacencia, pero separó al instante la vista, no pudiendo reprimir bien la repugnancia que sentía.
Se puso de nuevo el hato en marcha y ellos también. D. Restituto cogió otra vez el hilo de su discurso.
—Ya sé que hay quien dice que por la razón no puede demostrarse que Dios es, y que esto sólo puede obtenerse por la fe y la revelación... Error crasísimo. La falsedad de esta opinión se manifiesta por el arte de la demostración, que deduce por los efectos las causas, y por el orden mismo de las ciencias, porque si no hay ninguna sustancia cognoscible fuera de lo sensible, no habrá tampoco ninguna ciencia supranatural, como se dice in quarto Metaphysicorum. Hay que distinguir lo que es conocido per se simpliciter, y lo que es conocido quoad nos. Simpliciter que Dios es por sí, es conocido...
D. Restituto tenía una memoria felicísima. Al cabo de tantos años recordaba perfectamente su Dogmática, y la recitaba vertida al castellano con el mismo énfasis que si la hubiera inventado. También la recordaba el P. Gil, porque la tenía más reciente, pero escuchaba con atención, por humildad, esforzándose en admirar la fortaleza de aquellos argumentos, en considerarlos irrefutables. El anciano teólogo se detenía a menudo, balbucía olvidando alguna demostración, pero súbito tomaba vuelo y se lanzaba vigoroso sobre las premisas, haciéndoles sudar inmediatamente las conclusiones apetecidas.
—...Todo lo que se mueve se mueve por algo. O lo que mueve es movido o no. Si no se mueve, tenemos lo que buscamos, un móvil inmóvil, y a esto llamamos Dios. Si se mueve, es por algo que le mueve, y entonces, o hay que seguir así hasta el infinito, o tenemos que llegar a algún móvil inmóvil; pero en el orden del movimiento no puede haber proceso infinito... ergo hay que suponer un primer móvil inmóvil. Probemos ahora que todo movimiento se determina por algo. Si algo se mueve a sí mismo, es necesario que tenga en sí el principio de su movimiento...