—Tenga usted la bondad de aguardar un momento.

Poco después se presentaba el secretario, un clérigo de media edad, feo, desgarbado, pero de mirada inteligente y franca. La miró con gran curiosidad y preguntó, esforzándose en mostrarse amable:

—¿Preguntaba usted por mí, señora?

—Sí, señor.

—Usted me dirá...

—Deseo hablar con el señor obispo.

Volvió a mirarla el secretario con mayor curiosidad aún, y después de un instante de vacilación, apareciendo en su rostro un esbozo de sonrisa, respondió:

—Usted comprenderá que la hora no es oportuna... Su Ilustrísima se va a retirar en seguida a descansar...

—Es urgente y de mucha importancia lo que tengo que comunicarle...—dijo precipitadamente.

Otra vez la contempló el clérigo con penetrante mirada, advirtiendo su agitación.