—Bueno... Lo que puedo hacer en su obsequio es avisar a Su Ilustrísima... No respondo de que la reciba a usted a estas horas... Puede usted pasar a esta sala y aguardar un momento. No tardaré en traerle la respuesta.

Abrió la puerta del saloncito de recibo, hizo traer un quinqué y la dejó sola. En aquel instante la joven sintió que le abandonaban todas sus fuerzas. El corazón comenzó a darle fuertes golpes en el pecho. La habitación se movía suavemente como la cámara de un buque. Se vio obligada a sujetarse con las dos manos al respaldo de una butaca para no venir al suelo. El secretario apareció a los pocos minutos, y sin traspasar el marco de la puerta, dijo con afectada solemnidad:

—Su Ilustrísima va a llegar en este momento.

Obdulia cerró los ojos y se agarró con más fuerza a la butaca. Cuando los abrió tenía delante de sí la figura imponente del prelado.

La estancia se hallaba a media luz a causa de la pantalla que cubría el quinqué. Los contornos de aquella figura se esfumaban en la sombra. Pero los diamantes del pectoral lanzaban destellos y los cristales de las gafas brillaban también con los débiles rayos de luz que sobre ellos caían. Avanzó algunos pasos por la sala. Obdulia se dejó caer de rodillas.

—¿Es para algún asunto de conciencia, hija mía?—preguntole el prelado dulcemente, dándole al mismo tiempo su anillo a besar.

—Sí, señor—respondió la joven con voz alterada por la emoción.—Es para un asunto de la conciencia de Su Ilustrísima.

—¿De mi conciencia?—exclamó el obispo, irguiéndose lentamente y dejando caer sobre ella una mirada de sorpresa y curiosidad.

—La conciencia más pura, Su Ilustrísima lo sabe mejor que yo, está sujeta a error. Cuando pensamos estar haciendo el bien hacemos el mal. El alma de Su Ilustrísima es noble y es santa, según dicen todos los que la conocen. Por algo Dios le ha elegido para apacentar su rebaño. Pero los ojos de Su Ilustrísima no llegan a todas partes como los de Dios. Su brazo se extiende en vano para bendecir. La bendición no alcanza a todos. Entre los pastores que Su Ilustrísima tiene colocados para ayudarle los hay que guardan con fidelidad y amor el rebaño, los hay también que tienen la vista y el amor fijos en sí mismos...

—Levántese usted, hija mía... ¿Qué quiere decir con estas palabras?