—Lo que quiero decirle, señor—profirió la hija de Osuna con audacia, serenándose de pronto bajo el impulso de la exaltación,—es que teníamos en esta villa un coadjutor celoso, modelo de abnegación, de mansedumbre, de actividad, que había logrado a fuerza de inmensos sacrificios inspirar devoción y piedad a muchos que jamás las habían sentido, que sin violencia ninguna había puesto en orden la parroquia y devuelto a Dios lo que le pertenecía... Pues bien, he sabido... hemos sabido con dolor los feligreses todos, que en vez de dejarle en el cargo que desempeñaba interinamente, Su Ilustrísima se lo ha dado a otra persona...
El obispo la contempló en silencio un buen espacio. La joven, bajo aquella mirada, que pasaba por los cristales de las gafas penetrante, indagadora, volvió a perder la serenidad.
—¿Es el coadjutor interino quien la envía a usted para dirigirme una representación?—preguntó con extremado sosiego, recalcando cada sílaba de un modo que resultaba epigramático.
—¡Oh! ¡No, señor!—exclamó toda turbada la joven, poniéndose roja.—El señor coadjutor no tiene aspiración ninguna. Está tan contento con el cargo como sin él. Nada sabe ni nada quiero que sepa... He sido yo quien por el odio que me inspira la injusticia me atreví a dar este paso... acaso imprudentemente...
—¡Sin acaso! ¡Sin acaso!—murmuró el prelado, sacudiendo la cabeza.
Quedósela otra vez mirando fijamente sin pestañear, absorto en intensa contemplación. Obdulia bajó la cabeza.
—Hija mía—siguió diciendo gravemente,—la juventud tiene sus derechos. Puede ser aturdida, imprevisora, gozar sin medida de los dones con que Dios nos ha favorecido, vivir ofuscada sin el pensamiento del pecado... Pero la juventud no tiene derecho a jugar con nuestra salvación eterna, con la vida y con la muerte. La Santa Iglesia Católica tiene sus ministros encargados de velar por la fe. Yo, aunque indigno, soy uno de ellos y soy responsable ante Dios y ante el Sumo Pontífice de mis actos. No he aprendido en ningún Santo Padre ni en ninguna decretal que los prelados tuviéramos que dar cuenta de ellos a las niñas como usted...
—¡Oh, señor obispo... yo no quería!...
—Escuche usted, escuche usted con paciencia, hija mía, escuche usted de rodillas a su prelado.
Obdulia se arrodilló de nuevo llena de confusión, roja como una amapola. La figura corpulenta del obispo se agrandó desmesuradamente delante de sus ojos; su blanca cabeza coronada por el morado solideo resplandecía de majestad.