Salió aturdida, loca de vergüenza, con las manos trémulas y las mejillas encendidas. En cuanto llegó a casa se metió en la cama, con una fiebre altísima.

XI

Ya está descifrado el enigma, padre Gil—dijo D. Álvaro desde su butaca viéndole entrar. La sonrisa con que acompañó estas palabras era tan contraída y extraña que daba frío.

—¿Qué enigma?—preguntó el P. Gil, un poco agitado por el presentimiento de alguna desgracia.

—No se asuste usted; no es el de la Creación: un enigma más modesto, el de la venida de mi mujer a Peñascosa hace unos meses... Entérese usted de esa carta.

El joven presbítero tomó de las manos del mayorazgo la que le presentaba y se puso a leer:

«Mi querido Álvaro: Acabo de saber que Joaquina dio a luz hace seis días un niño, el cual se ha inscrito en la parroquia y en el registro civil con tu apellido. He procurado informarme, y me han dicho que era perfectamente legítimo, puesto que tu esposa ha estado en Peñascosa hace unos meses y ha dormido en tu misma casa. Te escribo apresuradamente para preguntarte si es cierto. Lo dudo mucho, porque no me has dicho jamás una palabra del asunto. Contéstame inmediatamente.

Julio.»

El P. Gil dejó caer los brazos, dobló la cabeza y murmuró sordamente: