—¡Qué infamia!

El mayorazgo soltó una carcajada.

—Pero ¿aún cree usted que hay infamias en el mundo? ¿De qué le sirve a usted tanto como ha leído? Quisiera que me explicase cómo es posible hacer porquerías dentro de una letrina. Por lo visto, todavía se encuentra usted asistiendo a la primera representación de la comedia. Yo estoy en la segunda, y puedo decir anticipadamente lo que ha de suceder.

—De todos modos, D. Álvaro, me duele en el alma esta indignidad que con usted se ha cometido sin merecerla.

—¿Indignidad? ¿Llama usted indigna a la araña que ahoga a la pobre mosca en su tela, o al milano que cae sobre el inocente polluelo y lo arrebata por el aire? Pues la misma fuerza infame (¡ésa sí que es la infame!), la misma fuerza que mueve a la araña y al milano es la que habita dentro de mi mujer. La mosca, el pollo y yo merecemos la misma suerte por haber nacido. Porque el delito mayor—del hombre es haber nacido, ya lo ha dicho Calderón, que era sacerdote como usted.

El P. Gil meditó unos momentos, y dijo al cabo, como si se hablase a sí mismo:

—No puedo acabar de persuadirme a que en nosotros no exista más que la fuerza ciega; que esta luz que de vez en cuando brilla en el corazón de los hombres, y que se llama unas veces justicia, otras amor y abnegación, dependa exclusivamente de combinaciones químicas. La infamia es infamia siempre, y despierta en nuestro espíritu un sentimiento de repugnancia. La araña y el milano no saben que hacen el mal, pero su esposa lo sabe.

—¿Y qué importa? Dote usted a la bestia con la conciencia de sus actos y habrá usted formado al hombre. La conciencia no es más que una antorcha. Los crímenes lo mismo pueden ejecutarse en las tinieblas que a la luz. Si yo pensase, como usted, que hay un Dios creador consciente de todos los seres, le mandaría un «besa la mano» felicitándole por haber formado una criatura tan amable y encantadora como mi mujer y dándole las gracias por haberla reservado para mi uso particular. Desgraciadamente no puedo representarme a ese Dios recibiendo en bata y zapatillas mis tarjetas de felicitación. Creo más bien que ella y yo somos víctimas de la lógica. La vida tiene por objeto inmediato el dolor... Saque usted la consecuencia. Mi mujer nació con uñas para desgarrar. Yo nací con un corazón blando a propósito para ser desgarrado. Sería una contradicción que ella no arañara y que yo no fuese arañado.

—¡Y sin embargo, usted ha amado a esa mujer con toda su alma!

—¡Ah, sí!—exclamó el hidalgo, cerrando los ojos y pasando su mano descarnada por la frente.—¡La he amado!... Por un momento fui comparable a los inmortales del Olimpo. La felicidad cantó dentro de mi alma el himno más hermoso que acompañó jamás a sus divinos juegos. El sol se levantaba y se acostaba tan sólo para dorar mis ilusiones. El mar estaba murmurando ahí únicamente para reflejar las imágenes de oro que cruzaban por mi mente... Ningún hombre fue cazado por la especie con más precauciones, con más exquisito cuidado... Todos los lazos que nos tiende la Naturaleza para realizar su plan misterioso se pueden evitar; hasta la misma voluntad de vivir se puede vencer; yo la he vencido, pues que apetezco con ansia la muerte. Pero esta voluntad de perpetuarse que se manifiesta en toda la especie, esta fuerza soberana que empuja a un individuo hacia otro de sexo diferente, crea usted, padre, que es insuperable... ¡Qué brazo tan bien torneado! ¡Qué espaldas de alabastro! ¡Qué modo tan fascinador de quitarse los guantes y agitar su dedo meñique, que tenía lindísimo!